(Mateo 14, 22-33)

La invitación de este momento de Jesús —«llegada la noche, estaba él solo allí»—, sucedida acto seguido de la despedida de la muchedumbre y de forma inmediata a su ascenso al monte para orar, radica en el cultivo de estas dos acciones: la escucha y la atención.

La escucha es inútil si no atendemos con cuidado lo que escuchamos. Es decir, en el silencio del corazón no es la noche la que genera el ambiente meditativo, sino el sosiego del espíritu en su encuentro templado con el Señor: en ese silencio Él nos descubre lo que otros no pueden escuchar o ver, y anhelan lograrlo. En esto, Jesús es nuestro modelo.

Jesús domina la noche, porque su oración silenciosa dirigida al Padre es la que tiene preponderancia; y a la vez domina el mar —camina sobre sus aguas— y la reacción humana, el miedo petrino luego de su arrojo, porque estima con energía que no seamos sordos para escuchar su Palabra y atender sus correcciones. Él asegura que la falta de fe no está en fenómenos externos, sino en el interior. Ante este panorama, sus dos invitaciones —«tranquilícense y no teman. Soy yo» y «hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»— nos recalcan que no debemos inclinarnos ante el dios que modelan nuestros dedos, sino ante quien sacude todo el universo, la jactancia de los autosuficientes, la vanidad de los mediocres y los fingidos humildes.

Por ende, al releer la primera lectura (1Re 19, 9. 11-13), compartimos la experiencia del profeta Elías, el cual fue orientado por el mismo Señor para apreciarlo de forma pausada y no terrorífica. Esto es, Elías, con tal experiencia, nos subraya que hemos de doblegar la prepotencia religiosa por la cual creemos conocer a Dios sólo porque sabemos hablar de él. No saber nada de él es retirarnos a solas, en oración genuina, místicamente labrada, y dejar que él colme nuestra ignorancia. «Cuando el Señor nos muestre su bondad —canta el salmista con el Salmo 84—, nuestra tierra producirá su fruto».

Cristo guía los pasos de nuestro entendimiento por el camino que nos conduce al corazón de su Abbá (cf. Mc 14, 36); dentro de tal travesía son muchas las ocurrencias que buscan desviarnos o echar a perder el camino por el que el Maestro nos orienta. Ahora bien, con esto no imaginemos que una pequeña minoría —los que van a la Iglesia y pasan tiempo en oración— está consciente del itinerario del alma hacia Dios (San Buenaventura); en efecto, preguntémonos: ¿qué cosa hemos podido hacer para conocerlo con mayor excelencia que aún no hayamos hecho?

No en el ruido escuchamos y atendemos la obra de Dios, pues lo que él está preparando lo vemos más transparente en la soledad en la que nos habla directamente al corazón: «Después de despedirlos [a la gente], subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí».

09-08-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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