Este título recalca: la esperanza es siempre lo que es. Y como es siempre “lo que es” impulsa a ejercitar la creatividad de la inteligencia; extender las ideas, ennoblecer los sentimientos y elevar el alma. Con esto la esperanza nos ayuda no a multiplicar acciones benévolas inútilmente; al contrario, nos estimula a que con tales acciones llegarle a los que no tienen lo necesario elementalmente, y a quienes en reiteradas ocasiones las leyes del estado en lugar de ampararlos los perjudican.
Cuando miramos los acontecimientos bajo la mirada de la esperanza siempre alcanzamos satisfacer lo que es perentorio para uno mismo y para el otro, y luego de tal práctica no nos sentimos temerosos de decir demasiado o de no decir lo suficiente; así la esperanza respalda la reforma de las ideas al no ser solidariamente compatibles con el sentir del prójimo.
De tal modo, en la comunicación la esperanza nos persuade y a través de ella su elocuencia constantemente rememora que tenemos una deuda de agradecimiento infinito con quien en el tema y en la práctica de tal virtud no presume de hablarnos demasiado ventajosamente; al contrario, quien dice muy buenas cosas esclareciendo lo dicho de ellas en la elaboración de las mismas. Me refiero justamente a Jesucristo. Y de Él tenemos el asequible trabajo de profundizar los dichos y obras (cf evangelio de este domingo Lc 1, 1-4; 4, 14-21) sea ahora o más adelante; esto es, persistentemente.
Ante muchos patrocinadores de desesperanza, ante los que han cedido y ceden a sus discursos, esta cuestión nos solicita una tajante, pero a la vez sensata solución: ¿cuántos hay que quieren más recibir mal que bien? (cf. Platón, 1995, 18). Siendo, personalmente honesto en la respuesta: no hay nadie. En el mundo no hay nadie que crea que existen cosas humanas, pero no hombres. Hay cosas que no hacen mucho ruido como la esperanza albergada en el corazón de los hombres, mas que, aun actuando discretamente está comunicando, no el proceder de un insensato, sino de un hombre de bien que contemporáneamente inspira y patrocina en los demás —en cientos de hombres o en todo el género humano— bienes que sabe y expresa con certeza que son verdaderos bienes.
La esperanza tiene un valor inestimable; a menudo hemos de interpelarnos: ¿de qué manera hablaremos de ella? No rechazándola, ni empequeñeciendo el genuino entusiasmo efectuado por ella; concebir esto es ningunear al maestro en amistad y valor, Cristo, y, desde luego, desconocer el presente que nos ha hecho: curación a los ciegos, libertad a los oprimidos, etc. Y ese tipo de actuación no es otra que la actitud de quien está entorpecido por su propia grandeza, o de quienes pretenden imponer el gusto por la confianza con amenazas y gritos.
Bibliografía:
Platón, «Apología de Sócrates», Diálogos, PANAMERICANA, Bogotá, 1995.
26-01-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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