La cabina permanecía a oscuras, todos dormían profundamente y los auxiliares de vuelo caminaban por los pasillos del avión para comprobar si algún pasajero necesitaba algo.

En medio de la penumbra y el silencio, solo destacaban las tenues luces del piso y de los compartimentos superiores, así como los avisos que señalaban dónde se encontraban las salidas de emergencia y los baños.

Tres horas después de haber iniciado el vuelo sobre el Atlántico, un aviso por los altoparlantes interrumpió el sueño de los viajeros y los invitó a abrocharse los cinturones de seguridad porque estaban próximos a atravesar una zona de turbulencia. El avión se movió durante unos minutos como hojarasca en medio de una ventisca, mientras el capitán procuraba calmar a todos con una mezcla de inglés e italiano, en un tono cálido y hasta paternal.

En la parte trasera del avión, la tripulación alistaba los carritos para empezar a repartir el desayuno, aunque antes pasó por los asientos entregando unas toallitas calientes y perfumadas para limpiarse las manos; la sensación al tacto era relajante y muy agradable.

Pasado el desayuno, nada mejor para distraer la mente que una buena sesión de música new age. Definitivamente, escuchar a Karol G o los balbuceos del «Conejito Malo» no sería la mejor opción dentro de un menú diverso de géneros musicales.

Desde la cabina indicaron:

—Señores pasajeros, se les agradece abrocharse los cinturones, colocar los asientos en posición vertical y verificar que las mesas estén cerradas, porque empezamos el descenso hacia el aeropuerto de Malpensa, que sirve a la ciudad de Milán.

La silueta de una cadena montañosa se avistaba en la lejanía. Eran los Alpes, que mostraban bastante nieve en las cimas, a pesar del intenso verano.

El viaje no culminaba allí; aún faltaba otro vuelo hasta Ereván, pero el tiempo de tránsito sin duda podría aliviar el maltrecho cuerpo del viajero tras casi once horas de vuelo.

La gente se movía por el aeropuerto como si fueran hormigas en una zona de acampada, buscando dónde comer, recargar los teléfonos o refrescarse. Una anciana que venía en el mismo vuelo transatlántico se dirigía con algo de prisa hacia una capilla católica, a lo mejor para agradecer que el capitán hubiera sido diestro al conducir el avión por las zonas de turbulencia.

El aeropuerto mostraba una imagen a medio camino entre la modernidad y la posguerra. Aunque trataban de disimular con anuncios vistosos y tiendas de las más prestigiosas cadenas internacionales, era evidente el tiempo transcurrido desde aquel lejano 1948, cuando lo inauguraron.

El viajero necesitaba asegurarse de que su equipaje de mano no sobrepasara los límites de peso y dimensiones establecidos por la aerolínea de bajo costo. Buscaba incesantemente un mostrador de facturación vacío, con la idea de pesar su mochila y así lograr tranquilidad para su siguiente vuelo. El resultado fue un exceso de quinientos gramos; la solución: ponerse dos pantalones.

Mientras esperaba el anuncio de la puerta de embarque, decidió explorar y terminó en una muestra fotográfica denominada «Paisajes de nuestro terruño». Allí, mediante gigantografías en blanco y negro, se mostraban escenarios naturales de Lombardía, desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XXI. No había duda de que apreciar las bondades de la naturaleza permitía despertar un poderoso espíritu de preservación.

La puerta para el vuelo a Ereván ya estaba señalada en las pantallas de información. Ahora solo tocaba esperar, con la esperanza de que el corto trayecto de setenta minutos no estuviera atiborrado de turbulencias.

Por la ventana se colaban tonos rojizos de aquel maravilloso atardecer. Los Alpes, a lo lejos, le hicieron comprender al viajero la razón por la que fueron fuente de inspiración para desarrollar la magnífica exposición fotográfica.

 Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

25 de agosto del 2026

LinkedIn antonio-rivas-a2b85b73