(Mateo 17, 1-9)
El versículo-título de esta reflexión está casi al inicio del fragmento del evangelio de este domingo, y Mateo lo traza inmediatamente después de relatar, “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste”.
Nosotros no subimos al “monte elevado”, —a la cima donde aguzamos los oídos únicamente a la voz de Dios en la oración, la contemplación, la lectura de la Palabra, la limosna, el ayuno, la justicia—, yendo al azar delante de Cristo.
La disposición del “lugar”, del situs en latín, impele a preguntarnos: ¿Adónde vamos? Al sitio donde nos trasladamos, ¿vamos acompañados por Cristo? Y en el itinerario hacia la verdadera contemplación, ¿estamos yendo con él, o, sin él? Y hacia ÉL, ¿algo nos empuja, algo nos atrae?
Si no nos atrae Él mismo, caminamos trastabillando, y, en variadas ocasiones, extraviados humana y espiritualmente.
Ahora, frente a las preguntas propuestas, respondo: Que en esta cuaresma nuestra mente, nuestro corazón, en lugar de transformarse en una “oscura caverna de lo desconocido”, más bien distingamos en ellos, respaldados en el rostro de Jesús “resplandeciente como el sol”, que por más ruido que hagan nuestros pecados, que por mucho que intenten reducirnos a la monotonía del decirnos, ¿a mí que más me da?, con la penitencia, la purificación, esa especie de “puño de hierro”, pecado, que desde hace mucho o no sé qué tanto tiempo, nos oprime el corazón, al momento de la reconciliación acabe por dejarnos en libertad.
En este sentido es provechoso tornar sobre los pasos de Abram y como él escuchar de nuevo la seguridad de este imperativo divino, “deja” (1ª lectura), para que, sirviéndonos de él consintamos que suceda en verdad sino lo que el autor de tal imperativo, quiere para nosotros.
Jesús continúa llevándonos “a solas con él”, y en el logro de esta diligencia, el imperativo dirigido a Abram, nos introduce y conserva en un movimiento vivo, según el cual el seguimiento del Señor, tantas veces desenvuelto entre la alegría y el temor, como aconteció al momento de la transfiguración a Pedro, Santiago y Juan, no es sino un saber estar con Él en la contemplación y en la misión, “sostenidos por la fuerza de Dios” (2ª lectura), por la que con aquellas satisfacemos nuestro espíritu y lo dispensamos de pensar sólo calculadamente.
No perdamos tiempo, no exijamos sitios, espacios pomposos, al instante de encontrarnos “a solas” con Jesús, porque, según recalca San Pablo, es “nuestro Salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio”.
Cómo no dejar que estos renglones paulinos subrayen, algo más que una cuestión de identidad, algo que nos conduzca precisamente al Padre, al Abba (cf. Mc 14, 36), cuya claridad celestial inunda sin violencia nuestra vida, y, por ende, vuelve a ratificarnos:
“Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”.
Jesús nos encamina “a solas con él”, y en el arduo trabajo del “caminar la contemplación, la misión”, con el propósito de evitar en ellas una suerte de espectro de lo divino, su exactitud es la bondad, y en esta es exacto:
“Levántense y no teman”.
01-03-26
Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



