Desde el balcón de la habitación se escuchaba el bramido de los becerros, al tiempo que los llaneros los organizaban para que se alimentaran bien y disfrutaran de los verdes pastizales el resto del día.

El aroma a café recién colado empezó a copar el establo y, por algunos instantes, los olores a pasto recién cortado y a bosta de vaca se disiparon. De la leña ardiente saltaban chispas chirriantes, mientras el capataz se servía su tercera taza humeante.

La mesa estaba bien dispuesta, con toda la sazón de los llanos venezolanos. Las arepas de maíz pilado, la cuajada fresca, los huevos criollos y las cachapas con queso llanero fueron un total deleite. Fue fantástico poder repetir más de una arepa, con la excusa de acompañar el café y, supuestamente, despejar el sueño.

Atados a un roble centenario, los caballos esperaban plácidamente, en nada parecidos a los briosos corceles que montan los llaneros durante sus faenas de campo. Se presagiaba un paseo tranquilo por las riberas del río Apure y las frondosas selvas de galería que florecen en medio de tan vastas planicies.

Un nutrido grupo de capibaras yacía echado y tomando el sol en la orilla del agua. Al lado, varios caimanes del Orinoco acechaban los garceros en busca de desprevenidos pichones caídos de sus nidos. Esa tarde, la merienda y la cena estaban garantizadas para los afortunados reptiles.

El llanero que conducía a los viajeros durante la cabalgata escogió la sombra de una mata de mango para hablarles de sus actividades diarias y de la forma en que sus ancestros empezaron a poblar esas lejanas tierras, precisamente en los albores del siglo XIX.

Las historias y anécdotas captaron la atención de los visitantes, cuyo interés aumentó cuando la música llanera impregnó el ambiente. Los bailadores y copleros mostraron orgullosos sus dotes artísticas, paseándose por épocas y situaciones personales que reflejaban fielmente su identidad y su sentido de pertenencia a la tierra que los vio nacer y crecer.

Definitivamente, el escritor Rómulo Gallegos supo plasmar con precisión el sentir llanero en su obra *Cantaclaro*, y ni qué decir de su novela *Doña Bárbara*. Así lo percibieron y vivieron los viajeros, tras seguir los consejos de la cocinera del hato, quien les recomendó leer ambas obras literarias el día que arribaron.

Cuando el ambiente estaba engalanado con la música y la algarabía de todos, de repente unos nubarrones negros se apoderaron del firmamento y dejaron caer todo el poder de la lluvia sobre los pastizales y la mata de mango. Empapados por completo, los viajeros sugirieron proseguir la cabalgata por las orillas del río, pues algo había captado su atención en la ribera opuesta.

Le preguntaron al guía llanero a qué se debía esa concentración de personas y caballos. Este les comentó que, por ser tiempos de Carnaval, todos los años se celebraba el Abordaje y Toma de San Fernando, que consistía en el cruce a nado de los caballos, guiados por sus jinetes desde una pequeña balsa.

El sol obsequiaba sus últimos destellos a medida que empezaba a ocultarse en el horizonte. Los caballos embravecidos solo mostraban sus rostros sobre el agua, y los llaneros los animaban a vencer la corriente con silbidos y expresiones que parecían entender únicamente ellos.

La competición estaba muy reñida: todos se agolpaban en la mitad del río y no se veía un claro vencedor. A menos de quince metros de la orilla, varias siluetas sobresalían y se sumergían; parecía una mala jugada de la luz, que ya cedía espacio a la penumbra.

La incertidumbre quedó despejada cuando uno de los viajeros pidió silencio al grupo, pues le pareció escuchar un soplido cuando las figuras misteriosas abandonaban momentáneamente el agua. Era un grupo familiar de toninas —delfines de río— que emergían de manera sincronizada para respirar.

Fue un gran cierre de jornada para los viajeros, pues no prestaron atención a los escalofríos producidos por el viento que golpeaba sus ropas húmedas; solo disfrutaron cada mágico instante que les obsequiaba la madre naturaleza en la inmensidad de los llanos. La identidad no está constituida sólo por la gente; también la conforman los paisajes, la historia y los relatos que resuenan en coplas y poesías por los rincones de Apure.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

01 de septiembre del 2026

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