Los pueblos del sur de Mérida aún guardan en la memoria la figura de Miguel Antonio Salas Salas

Crónica de un pastor en los pueblos del sur

Mijará, en Mucutuy, todavía lo recuerda.

Yo era apenas un niño, de unos seis años, por allá en los años noventa, cuando me tocó recibir al Arzobispo Salas en la aldea de Mijará. Todos los escolares estábamos reunidos esperando su llegada.

Entonces apareció aquel hombre vestido con una sotana negra ya gastada por el tiempo, pero con una mirada alegre y serena de verdadero pastor. Nosotros lo recibimos de rodillas, y él, con voz humilde, nos dijo:

—“He venido como padre y pastor a esta linda tierra. Los pueblos del sur son el reservorio espiritual de Mérida”.

Aquellas palabras quedaron grabadas en mi memoria.

Monseñor Salas pasó luego a la casa cural. Conversó con la gente sencilla del pueblo y más tarde celebró la Eucaristía. Pero si algo caracterizaba al Arzobispo era su inmensa paciencia para escuchar. Le gustaba pasar horas y horas confesando. Oía a cada persona con atención de padre y aconsejaba con palabras sabias, impregnadas del aroma de la Sagrada Escritura.

Mucutuy amó profundamente a Monseñor Salas. La gente aún recuerda sus hermosas homilías y aquella capacidad admirable de adaptarse a todos: podía hablar con la profundidad de un hombre formado en Europa y, al mismo tiempo, sentarse con humildad junto al campesino más sencillo.

Era un pastor cercano. Un hombre culto, pero sin orgullo. Un hijo espiritual de Juan Eudes y de la espiritualidad de La escuela francesa del siglo XVII.

Hoy, al recordar aquella frase: “La paciencia es el arma de los sabios ”, dicha y oída del gran sabio Monseñor Salas, gran amigo y colaborador cercano al Arzobispo Salas , sentí el deseo de escribir esta pequeña crónica.

Porque el Arzobispo Salas quedó para siempre en el corazón de Mérida y en la memoria agradecida de los pueblos del sur.

P. Sosa. España, 14 -5-26