Por Angel J. Andara*
Toda época tiene la tentación de creerse excepcional. Sin embargo, pocas generaciones han tenido la sensación tan nítida de estar presenciando el agotamiento de un orden y el nacimiento, todavía difuso, de otro. Algo está cambiando profundamente en el mundo y lo percibimos incluso antes de poder describirlo con precisión.
El mapa político internacional se está reconfigurando. Las certezas que dominaron las últimas décadas pierden consistencia. Las potencias compiten por recursos, tecnología e influencia geopolítica; las democracias exhiben signos de fatiga institucional; la polarización penetra la vida pública y el desarrollo tecnológico avanza a una velocidad que supera la capacidad de adaptación de muchas sociedades.
Pero quizás el fenómeno más significativo no sea ninguno de los anteriores. Lo verdaderamente trascendente es que estamos aprendiendo a vivir en la incertidumbre.
Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar el progreso como una línea ascendente y relativamente predecible. La educación garantizaba movilidad social, las instituciones parecían suficientemente sólidas y el porvenir, aunque imperfecto, se asumía como una prolongación razonable del presente. Hoy esas certezas han dejado de existir. El cambio dejó de ser un episodio extraordinario para convertirse en la condición permanente de nuestra época.
Y frente al cambio, los seres humanos solemos reaccionar de maneras contradictorias. Decimos aspirar al progreso, pero desconfiamos de las transformaciones que alteran nuestras referencias conocidas. Reclamamos innovación, pero añoramos las seguridades del pasado. Defendemos la libertad, aunque con frecuencia preferimos la comodidad de las respuestas simples frente a la complejidad de las preguntas difíciles.
El miedo al cambio es, probablemente, uno de los grandes actores políticos de nuestro tiempo.
De él se alimentan los extremismos, las simplificaciones ideológicas y la creciente tendencia a delegar la responsabilidad ciudadana en dirigentes que ofrecen certezas inmediatas para problemas extraordinariamente complejos. No es un fenómeno nuevo en la historia, pero sí parece adquirir hoy una intensidad particular porque el ritmo de las transformaciones tecnológicas, económicas y culturales supera la capacidad de muchas personas e instituciones para comprenderlas y procesarlas.
Entonces, ¿hacia dónde vamos?
Todo indica que nos dirigimos hacia un mundo más competitivo, más interdependiente y, paradójicamente, más fragmentado. Un mundo donde el conocimiento tendrá más valor que la posesión de recursos materiales; donde la capacidad de adaptación será más importante que las respuestas aprendidas; y donde las sociedades se distinguirán menos por lo que tienen y más por la calidad de sus instituciones y de sus ciudadanos.
Y es precisamente aquí donde aparece tu rol.
Existe una peligrosa inclinación a creer que la historia es algo que sucede en otros lugares: en los gobiernos, en las cumbres internacionales o en las decisiones de los grandes líderes. Sin embargo, la historia también se escribe en espacios mucho más próximos: en las aulas, en las instituciones, en las comunidades y en la conducta cotidiana de las personas.
Tu primera responsabilidad es negarte a ser un espectador.
En tiempos de confusión, pensar críticamente constituye un acto de ciudadanía. Examinar los hechos antes de emitir juicios, desconfiar de las consignas fáciles y mantener la disposición de revisar las propias convicciones son formas de responsabilidad pública que adquieren un valor extraordinario en sociedades crecientemente polarizadas.
Tu segunda responsabilidad es comprender que el aprendizaje ya no puede ser una etapa de la vida. Las transformaciones que vienen exigirán personas intelectualmente flexibles, capaces de aprender, desaprender y volver a aprender. Las sociedades que prosperen no serán necesariamente las más ricas, sino aquellas que logren formar ciudadanos capaces de interpretar la complejidad y actuar en consecuencia.
Y existe todavía una tercera responsabilidad, quizás la más importante de todas: preservar la dimensión ética de la vida colectiva.
La tecnología seguirá avanzando. La inteligencia artificial transformará profesiones enteras. Los modelos económicos y políticos continuarán evolucionando. Pero ninguna innovación tecnológica sustituirá la honestidad, la responsabilidad, la empatía o el sentido de comunidad. Ningún algoritmo resolverá por sí mismo el deterioro institucional, la indiferencia ciudadana o la pérdida de referentes éticos.
La universidad comprende bien esta realidad o debería comprenderla. En la vida académica uno aprende que la educación superior no consiste únicamente en transmitir conocimientos ni en producir profesionales técnicamente competentes. Su misión más profunda es formar ciudadanos capaces de pensar por cuenta propia, de ejercer la libertad con responsabilidad y de asumir el compromiso de mejorar la sociedad de la que forman parte.
Por eso, la pregunta de nuestro tiempo no es simplemente hacia dónde va el mundo.
La pregunta verdaderamente importante es quiénes decidiremos ser mientras el mundo cambia.
Porque el futuro nunca llega completamente diseñado desde los centros de poder. También se construye en la conciencia de las personas, en el carácter de las instituciones y en la voluntad de quienes se niegan a aceptar que el deterioro, la mediocridad o el miedo al cambio sean un destino inevitable.
El mundo cambiará, con nosotros o sin nosotros. La diferencia estará en si asumimos el papel de observadores resignados o el de ciudadanos y universitarios dispuestos a comprender su tiempo y a contribuir, desde su espacio de acción, a darle un sentido mejor al porvenir.
*Profesor de la Facultad de Ingeniería ULA
Representante profesoral al Consejo Universitario ULA
16-06-2026
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