La función de un soldado, escrita en cualquier Constitución digna, es clara: «defender la soberanía, proteger al pueblo y ser el escudo de la Nación». Las verdaderas Fuerzas Armadas nacen para dar seguridad, no para sembrar el miedo. Por eso, hay que llamar a las cosas por su nombre; hoy no podemos llamar a lo que hay en Venezuela «Fuerzas Armadas» ni la «Seguridad del País»; lo que hoy opera es, una fuerza de seguridad, que llanamente, apoya y protege la estructura de un régimen autocrático corporativo al que ya le queda muy poco tiempo.
Es doloroso ver cómo una institución histórica fue entregada a intereses particulares y asesorías extranjeras con el único fin de sostener los privileges y la impunidad de unos pocos. Lo más lamentable de esta tragedia no son solo las siglas destruidas; son los rostros. Muchos de nosotros tenemos amigos allí dentro. Hombres y mujeres con los que compartimos infancia, metas y hogar. Es desgarrador verlos desde afuera y constatar cómo la realidad los ha llevado a ser percibidos ante los ojos del mundo como hombres que se han vuelto ineptos para dar seguridad, atrapados en un sistema donde están entrenados para cometer errores, para obstaculizar, para crear el caos en el país, para reprimir, para destruir y para sembrar la división en el pueblo.
Los cuarteles fueron inundados con una doctrina de destrucción. Al militar se le sacó de su función para administrar un Estado que no comprende, desmantelando instituciones de las que ni siquiera conocen su verdadero valor. Hoy, trágicamente, parecen programados para sembrar desconfianza en cada alcabala y para ver al compatriota como un enemigo.
Sin embargo, es justo reconocer que no son todos; es necesario honrar a aquellos militares que, en medio de esta catástrofe, sí están ayudando activamente, tomándose los dolores del pueblo en serio y trabajando con dignidad en las zonas más afectadas. Ellos marcan la diferencia frente a quienes solo andan obstaculizando y generando caos. Es seguro que allí dentro quedan funcionarios que quisieran hacer las cosas bien y que guardan el anhelo de portar el uniforme con justicia. El drama es que la gran mayoría está atrapada, secuestrada y, también podríamos decir, presa de un sistema opresor. Bajo la rigidez del orden cerrado, las amenazas a sus familias, el terror psicológico y el riesgo de ser manchados y culpados por las mismas arbitrariedades del sistema, muchos se ven neutralizados y no son capaces de hacer nada. «El miedo también encarcela desde adentro».
Al ver el sufrimiento tan profundo que tiene este pueblo y lo que padecen en La Guaira, Caracas y muchos otros estados debido al colapso y al deterioro de sus instituciones —una fragilidad que se hace aún más dolorosa ante los sismos y movimientos de la naturaleza que han traído tanta destrucción—, me queda una certeza amarga. Ante un país en ruinas, el peso del silencio de los buenos y una cúpula que ayudó a derribarlo, siento yo que ya es demasiado tarde para estar del lado correcto de la historia.
Queda entonces, ante este panorama, reflexionar sobre aquel pensamiento fulminante de Simón Bolívar: «Maldito sea el soldado que vuelva las armas contra su pueblo».
La verdadera fuerza de un ejército no reside en el calibre de sus armas; claro que importa saber quién tiene las mejores armas, pero importa más saber empuñarlas. De nada sirve que potencias como Estados Unidos posean el armamento más avanzado del planeta, si al final su liderazgo se deja bailar por el sistema totalitario de Venezuela, y si las promesas de líderes como el presidente Trump de acabar con estas doctrinas se quedan solo en discursos estériles mientras el régimen sigue en pie. El valor real de la fuerza depende enteramente de la determinación, la legitimidad y la dignidad de su causa. Cuando los fusiles se giran hacia los propios hermanos para defender el beneficio de una cúpula, el uniforme deja de ser un símbolo de honor y se convierte en una condena moral. Quien oprime a su gente no solo destruye su presente, sino que se borra a sí mismo del futuro de la nación, cargando con el peso histórico de una sanción moral que ninguna orden superior podrá jamás borrar.
P.D: Y se preguntarán, ¿qué diantres hace un cura, un sacerdote, hablando acerca de esto? Escribo estas líneas porque un pastor se debe por entero a los dolores de su pueblo. Ante esta catárofe que ha golpeado a Venezuela, vemos con claridad que allí donde faltó la proactividad y el coraje de los líderes, se levanta un pueblo que, en medio del sufrimiento y el día a día, se va haciendo más fuerte y renueva su esperanza de salir adelante. Aunque todo esto represente un momento de profundo dolor, nos permite comprender que todavía hay mucho por qué trabajar y mucho por qué vivir. Al final, los tiempos difíciles forjan el carácter y templan el espíritu de hombres y mujeres con la entereza necesaria para sacar al país adelante y dar testimonio al mundo. Denunciar la opresión y acompañar esta resistencia es, en el fondo, defender la dignidad que Dios le dio a cada ser humano.
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila
León – España
03-07-2026



