Por: Fernando Luis Egaña
El fuerte de Nicolás Maduro no parece ser la geografía universal, como tampoco la geografía venezolana, ni la historia, ni la economía, ni el derecho, ni la administración, ni la diplomacia, ni la compleja ciencia y arte del gobierno. ¿Y de qué entiende, entonces, el señor Maduro?
Hasta ahora lo que se ha visto y oído es una especie de magma discursivo que se asemeja a las cartillas elementales del viejo socialismo comunista, con una gruesa dosis de ramplonería y demagogia, y un esfuerzo algo forzado por imitar la verborrea seudo-épica de su mentor.
En fin, nada que sirva para enfrentar la descomunal crisis que agobia a Venezuela. Crisis existencial, si las hay. Porque el insistir en las fantasías fracasadas sólo conduce por malos caminos y a peores destinos.
Y el devenir de estos largos meses lo está poniendo en evidencia. Y repito, largos meses, porque Maduro no se encargó luego del 14 de abril, sino luego de su designación como sucesor, a comienzos de diciembre del año pasado. Y si ya era muy profundo el abismo que dejó su predecesor, en tiempos recientes lo único que se ha hecho es ahondarlo.
En lo político, económico y social, porque por donde se mire hay un candelero de potencial explosivo. La ilusión de estabilidad que Chávez trataba de recrear –y en no pocas veces con éxito, se esfumó del paisaje y lo que queda es la angustia creciente por el poliédrico deterioro de la vida venezolana.
La inflación fuera de control, la deuda pública otro tanto, el dólar paralelo quintuplicando y subiendo, la escasez generalizándose en todo menos en la corrupción, donde lo que hay es abundancia roja. Y en medio de semejante desbarajuste, lo que Maduro alcanza a declarar es que hay un «sobrecalentamiento del consumo», y que el «Plan de Patria» nos está convirtiendo en una potencia económica…
Y claro, la cosa daría risa si no fuera por la tragedia que implica y que a la vez agrava. Y todo ello con el barril de petróleo en 100 dólares, lo que debe repetirse para resaltar que no hay justificación material para la mega crisis que amenaza la existencia misma de Venezuela como un país viable y vivible.
Maduro luce acosado por los pleitos internos del oficialismo. Regaña a Arias Cárdenas por el anunciado racionamiento de alimentos en el Zulia, pero repone a Eduardo Samán en el Indepabis, lo que significa que habrá más y más controles, es decir más desabastecimiento, es decir más escasez, es decir más racionamiento en la práctica cotidiana.
Y también luce abrumado por el peso de una responsabilidad que no alcanza a comprender. Si sigue creyendo que está ahí para dedicarse al culto de quien lo puso ahí, entonces su situación se hará cada vez más frágil y dañosa para Venezuela.
Maduro no madura. No adquiere juicio ni seso para darse cuenta del despeñadero venezolano, ni mucho menos para impedir que el país siga precipitándose hacia el caos.
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