“Señor profesor, Carlitos me empujó.” Maestra, el perrito se comió mi tarea”. “Me duele el estómago, quiero irme a mi casa”. “No entiendo las sumas”. “Llegué tarde porque no había transporte”. Así, más o menos, tal vez más que menos, transcurre un día en un salón de clases: “Ecosistema” formado por seres con características especiales, los maestros, y numerosos cuerpecitos con personalidades distintas, los alumnos. Entre risas, bulla, algarabía, llantos, entre “hagan silencio, por favor”, los pedagogos cumplen roles muy diferentes, pero que asumen con cariño porque es su vocación. Ellos saben que son la extensión del hogar. Están conscientes de que su trabajo es muy importante porque en sus manos está el futuro de un país. Ellos tienen presente lo que decía Don Andrés Bello: “Un buen método de enseñanza no tanto se propone comunicar mucha ciencia al estudiante, cuanto dar a su entendimiento poderoso impulso y rumbo cierto”.

Si tuviéramos que definir lo que significa ser maestro en la Venezuela actual, diríamos sin temor a equivocarnos que es una vocación noble, de entrega personal y sacrificio diario para cumplir una misión difícil, delicada, pero maravillosa: Enseñar, orientar, educar y alimentar con amor y ejemplo a los niños que van pasando año, tras años por las aulas donde ellos y ellas, los esperan para dar lo mejor de sí, enfrentando con valor y abnegación todas las vicisitudes, las carencias, la miseria, el hambre  que ahora son una constante en un país como el nuestro, deshilachado, destrozado, donde solamente hay lo que no hay, y donde la injusticia, es el factor común para los que habitamos bajo este cielo patrio.

Nunca antes, en nuestra historia republicana, se había denigrado tanto de la figura del maestro. Trabajan en condiciones paupérrimas, los sueldos que devengan no alcanzan ni para un cartón de huevos. Ellos también tienen hijos y familia qué mantener. Ellos también se enferman y necesitan medicinas. Ellos también tienen necesidades como de comprarse un par de zapatos nuevos porque están cansados de andar con el calzado roto, y muchas veces no tienen nada que comer. No hay exageración en esta idea, es la pura, constatable y dolorosa, realidad.

Ahora con la pandemia, y como no hay clases presenciales, deben ingeniárselas para atender a sus alumnos vía online, pero en un país con tantas limitaciones comunicacionales, sin los equipos necesarios, se enfrentan a una tarea aún más titánica, y una vez más poco reconocida y nada recompensada. Además, sienten el vacío de la ausencia de esas caritas tan entrañables, de esos abrazos espontáneos, de ese esa flor casi deshojada que una niña le trajo “de por allí”, y que ahora adorna su escritorio como símbolo de amor.

Los maestros salen a protestar, aguantan sol y lluvia, exigen sus derechos a una vida digna, ante las autoridades, pero se encuentran con un muro de incomprensión, de indolencia, de falta de respeto porque está demostrado que el oficialismo tiene una excusa para todo y no termina de afrontar la terrible situación de los maestros venezolanos.

Consideramos que el reconocimiento a los maestros tiene que ir mucho más allá de discursos alegóricos, palabras bonitas y entregas florales. Las personas que se dedican a enseñar y a educar deben ser respetadas y dignificadas de acuerdo al importante rol que desempeñan, y que va más allá del tema salarial que en Venezuela, es por cierto infame, sino también que a los maestros y profesores se les debe facilitar su acceso a formación de calidad; garantizar estabilidad laboral; promover ascensos y en especial que puedan contar con un seguro médico de calidad. Y muy cardinal que la sociedad civil y los gobiernos aprecien y enaltezcan su figura.

El Ministro de Educación Aristóbulo Isturiz, en una entrevista señala que: “El gobierno trabaja “arduamente para mejorar los ingresos y consolidar los salarios de los trabajadores del sector educación”. No obstante, es tiempo de que las palabras se conviertan en hechos y que realmente se logre, a muy corto plazo, que nuestros maestros y profesores se vean dignificados en su calidad de vida para que puedan seguir cumpliendo con su sagrada misión.

La Ciudad en la Radio y Comunicación Continua, estarán abiertos a ustedes, Dios mediante, para que se expresen y compartan sus inquietudes. Los respetamos, los admiramos, porque conocemos de sus desvelos, de sus anhelos y también tuvimos en nuestras vidas el regazo calientico de la profe María…o de la que llevaba el nombre que usted recuerde,  para consolarnos cuando éramos niños y sentíamos que algo andaba mal. Todos pasamos por la grata experiencia de tener a nuestro lado un maestro o maestra para indicarnos con mucho amor, el camino a seguir.

¡Adelante maestros, los apoyamos en su justa protesta y esperamos que se haga honor a esta digna profesión para toda la humanidad!

Redacción: A.E. L.L.C.C.

15-01-2021