(Juan 13, 21-33.36-38)

Aunque la columna del colegio apostólico mostró seguridad en esta parte del diálogo durante la Última Cena, de hecho, el sentido del versículo elegido como epígrafe de esta reflexión, (pregunta de Pedro a Jesús), certifica del Apóstol, sin duda, un esfuerzo innegable, pero, a la vez que el mismo desaparecerá como el aliento.

Por supuesto, con todas las pruebas experimentadas por Simón, con el dolor de su impotencia frente a lo imposible humanamente para él, dolor que también a él, cual espada, le traspasó el corazón, asimismo en él el Maestro fue haciéndole romper con la figura del Mesías militar, y fue esclareciéndosele como el Mesías cuya arma no es el hierro, sino el Dabar, la Palabra de Dios. Jesús Mesías es el Siervo del Altísimo que, tal cual leemos en el segundo canto (cf. 1ª lectura), toma “la palabra” para dar un “informe de su misión”.

Jesús le confirma a Pedro, incluso a Judas, a los demás, a nosotros, que Él hace lo que nosotros no podemos hacer: en su obediencia absoluta a Aquel que lo llamó (cf. 1ª lectura), no busca el éxito político, sino el alcance infinito de la redención de todo el género humano.

Así, Jesucristo une la fragilidad de nuestra condición vulnerable, pecadora, con la esperanza que no claudica. Por ejemplo, en el versículo 3 del Salmo 71, el salmista, —probablemente el autor haya sido un David ya anciano y seriamente lastimado por la rebelión de su hijo Absalón—, escribe la palabra “roca”, y sustentado en ella rememoro a San Agustín cuando al comentar los salmos nos alecciona que, el fiel se refugia en Cristo porque el mundo es un mar tempestuoso.

Con este pensamiento agustiniano volvemos al Cenáculo; allí hay un período de altísima tensión férvida y teológica: el vaivén entre el gesto de amor del Lavatorio y el inicio de la pasión.

Jesús percibe, en un determinado paso, una turbación vehemente, incomparable con una tristeza superficial; es su reacción ante el “misterio de la abyección”, ante la traición de un amigo. Pedro, por su lado, asegura “dar la vida” por Él, usando un lenguaje de sacrificio heroico, mas, el Buen Pastor le demostrará que el sacrificio no estará apoyado en el voluntarismo, sino en la Gracia.

Desde luego, también imitemos a Juan, el discípulo amado, pues, como de nuevo nos aclara San Agustín, no sólo nos representa una persona histórica, sino a todo cristiano que “escucha el latido del corazón de Cristo”.

Entonces, ¿a dónde vamos?; al Sagrario donde estos latidos no dejan de vibrar.

 

31-03-2026

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com