Por: Angélica Villamizar…
Cada año, cuando se acerca el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, un dato estremecedor circula por los medios; según la ONU, cada diez minutos es asesinada una mujer en el mundo. La cifra es aterradora, un recordatorio numérico de una barbarie que no cesa. Sin embargo, en nuestra necesaria condena al femicidio, corremos el riesgo de reducir la violencia a su expresión final y más visible: el golpe mortal. Y al hacerlo, volvemos invisibles las otras violencias, las que no dejan marcas en la piel pero carcomen el alma.
La verdadera epidemia no son solo los asesinatos, sino el continuo y progresivo maltrato que millones de mujeres experimentan a diario. Es fundamental desnudar estas formas de violencia que, por sutiles o normalizadas, pasan desapercibidas para una sociedad que aún mira hacia otro lado.
Uno de los territorios más fértiles para esta violencia soterrada es el hogar pero también el lugar de trabajo. Es la violencia de saber que, con igual o mayor preparación que un colega masculino, su trayectoria se truncará y su salario será menor.
El acoso laboral y el micromachismo; desde el hombre que se atribuye sistemáticamente tus ideas en una reunión, hasta el jefe que cuestiona tu compromiso tras ser madre, preguntando «quién cuidará de tus hijos». Son los «chistes» inapropiados, los comentarios sobre la apariencia física y la presión social para sonreír y aguantar para «no causar problemas». Esto no es un «ambiente tenso»; es una erosión calculada de la confianza y la profesionalidad.
La doble jornada no remunerada, la carga mental y física del trabajo doméstico y de cuidados, que recae desproporcionadamente sobre la mujer, es una violencia económica y temporal. Es la condena a un agotamiento perpetuo que limita su crecimiento y su tiempo de ocio.
Y aquí surge uno de los aspectos más dolorosos: la condena social que recae sobre la víctima. Con demasiada frecuencia, escuchamos (o pensamos) la pregunta cargada de incomprensión: «¿Y por qué lo permite?». Esta pregunta ignora por completo la compleja telaraña que atrapa a una mujer maltratada.
No se trata de «permitir». Se trata de miedo; miedo a las represalias, a la pobreza, a la custodia de los hijos. Se trata de aislamiento, de una autoestima sistemáticamente destruida que le hace creer que no merece algo mejor. Se trata de dependencia económica, de no tener un lugar al huir en un país con una crisis de vivienda aguda. Juzgar a una mujer por no salir de una relación abusiva es como criticar a un rehén por no escapar de su captor. Es una crueldad que la victimiza por segunda vez.
Pero también existe el juicio entre mujeres, aquellas que, desde un lugar de aparente fortuna o de haber superado una situación similar, señalan con desdén a la que «sí permite» el maltrato. Esta mirada condescendiente no tiene en cuenta que cada realidad es un universo distinto de presiones económicas, redes de apoyo, historiales emocionales y tipos de violencia.
La batalla contra la violencia de género no se gana solo contando cadáveres. Se gana desentrañando y denunciando cada hilo de la red que sostiene al agresor: el chiste machista en la oficina, la mirada de lástima hacia la que «aguanta», la política empresarial que penaliza la maternidad, el amigo que justifica un comentario inapropiado con un «es un buen tipo».
Debemos entrenar nuestra mirada para detectar la violencia que no sangra, pero que paraliza. Debemos reemplazar el juicio por la escucha activa, la pregunta acusatoria por la oferta de ayuda concreta. Hasta que no entendamos que el maltrato es un ecosistema de grandes y pequeñas injusticias, y no solo un golpe o una cifra en un titular, estaremos fallándole a la mitad de la población. La violencia empieza mucho antes del primer puñetazo.
27-11-2025 (155-2025)
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