Por: Angel José Andara…
La aspiración a cargos se ha convertido en una carrera de simuladores del estatus que buscan una posición para «ser alguien» y no para «hacer algo». Esta confusión ontológica es una trampa de mala fe: el individuo busca un título como una prótesis del Yo para ocultar una identidad vacía que no sabe sostenerse sin el rótulo de la puerta.
En la coreografía de las ambiciones contemporáneas, asistimos a una confusión existente que amenaza con vaciar de propósito nuestras instituciones más sagradas: la trampa de buscar una posición para “ser alguien” en lugar de ocuparla para “hacer algo”. Esta distinción, lejos de ser un mero juego de palabras, representa una fractura estructural en la manera en que construimos nuestro valor individual y colectivo. En conducta social, resulta evidente que nos enfrentamos a una crisis donde el rótulo busca sustituir a la sustancia.
Desde una perspectiva existencialista, particularmente en la tradición de Jean-Paul Sartre, el ser humano carece de una esencia predeterminada; es la existencia la que precede a la esencia. Quien aspira a un cargo exclusivamente para “ser” —llámese director, ministro o académico— intenta subvertir este orden, buscando un “traje” ya confeccionado que le ahorre la angustia de construirse a sí mismo mediante la acción diaria. En estos casos, el título no es un reconocimiento al mérito, sino una prótesis del Yo: un soporte artificial para identidades frágiles que, de ser despojadas de su posición, sentirían que dejan de existir socialmente.
La psicología nos ofrece una mirada reveladora sobre este fenómeno. Autores como Karen Horney describieron el “yo idealizado”, una versión inflada de uno mismo que busca desesperadamente la validación externa. Para estos perfiles, el cargo funciona como un escudo contra el escrutinio o la propia incompetencia; la lógica subyacente es que, si la placa en la puerta dicta la autoridad, ya no es necesario demostrar capacidad cada día. Por el contrario, el desarrollo interior genuino se nutre de la autoeficacia, un concepto de Albert Bandura que postula que la confianza real nace de comprobar nuestra capacidad de actuar eficazmente sobre el mundo. Mientras que la obsesión con el «ser» es una fuente inagotable de ansiedad y envidia, el enfoque en el «hacer» permite que la identidad sea dinámica, antifrágil y basada en el dominio progresivo de una labor.
A nivel social, el predominio de individuos orientados al “ser” —quienes buscan el poder para sentirse alguien y no para transformar la realidad— conduce a una inevitable esclerosis institucional. Cuando los líderes invierten su energía en mantener el statu quo y proteger su imagen, la sustancia es reemplazada por el rito. Es lo que Guy Debord denominó la “sociedad del espectáculo”, donde la representación sustituye a la realidad y el éxito se mide por la fotografía de la inauguración más que por la funcionalidad de la obra. Esta “ritualización del vacío” no solo paraliza el progreso, sino que genera un cinismo colectivo en la ciudadanía, que percibe cómo las agendas colectivas son instrumentalizadas para sostener proyectos personales.
Max Weber ya advertía sobre la diferencia entre “vivir para la política” (vocación y responsabilidad) y “vivir de la política” (estatus y beneficio). El verdadero progreso requiere de mentes que entiendan el poder como una herramienta técnica y no como una extensión del ego. Aquel que llega para «hacer» planta árboles bajo cuya sombra sabe que no se sentará, enfocándose en legados de largo plazo en lugar de encuestas de popularidad inmediatas.
El crecimiento real ocurre al actuar, no al ostentar. Buscar un cargo para «ser alguien» es refugiarse en una identidad de «cáscara», una prótesis del Yo que intenta ocultar la falta de contenido interno. Esta dependencia del estatus genera una fragilidad constante: si el título desaparece, el individuo siente que deja de existir socialmente.
Por el contrario, el «hacer» construye una identidad antifrágil basada en la autoeficacia. La confianza verdadera no viene del aplauso ajeno —un alimento de absorción rápida que pronto deja paso al vacío existencial—, sino de la capacidad probada de transformar la realidad. Es un capital interno que reside en la persona y en su maestría, no en la silla que ocupa.
Finalmente, esta ética de la acción redefine el fracaso: para quien vive del «ser», el error es una amenaza al ego; para quien vive del «hacer», es el motor de su evolución. La verdadera autorrealización no es el nombramiento simbólico, sino el rastro de utilidad y sentido que dejamos tras nosotros mientras nos atrevemos a habitar el cargo con contenido real
Los mausoleos de la vanidad son un llamado a recuperar la ética aristotélica, donde la virtud no es un título estático, sino un hábito que se ejerce. El crecimiento interno no ocurre en el reposo del reconocimiento obtenido, sino en la tensión de la acción que confronta límites y transforma la realidad. Al final, el sentido de una vida no se encuentra en el lugar simbólico que se ocupa, sino en el ejercicio de habitarlo con contenido real.
*Profesor de la Facultad de Ingeniería, ULA
Representante profesoral ante el Consejo Universitario, ULA
Referencias:
- Acemoglu, D. & Robinson, J. A. (2012). Why Nations Fail. (Sobre instituciones extractivas vs. inclusivas).
- Aristóteles. Ética a Nicómaco. (La virtud como hábito y el “ser” derivado del “hacer”).
- Bandura, A. (1997). Self-Efficacy: The Exercise of Control. (Autoeficacia como base de la identidad real).
- Bourdieu, P. (1979). La distinción. (Capital simbólico y reproducción del estatus).
- Debord, G. (1967). La sociedad del espectáculo. (Sustitución de la realidad por la representación).
- Frankl, V. (1946). El hombre en busca de sentido. (El sentido a través de la acción).
- Horney, K. (1950). Neurosis and Human Growth. (El «yo idealizado» y la necesidad de reconocimiento).
- Sartre, J. P. (1943). El ser y la nada. (Existencia precede a la esencia y la «mala fe»).
- Weber, M. (1919). Economía y sociedad. (Política como vocación: vivir “para” vs. “de”).
24-03-2026



