Hablar de la falta de ciudadanía en Mérida es tocar una fibra sensible. Para quienes conocemos la «Ciudad de los Caballeros», existe un contraste doloroso entre la majestuosidad de la Sierra Nevada y el deterioro de la convivencia urbana.
Mérida siempre se jactó de ser el faro cultural y educativo de Venezuela, pero hoy parece enfrentar una crisis de identidad civil que va más allá de la economía.
Históricamente, la Universidad de los Andes (ULA) dictaba el ritmo del civismo. Al debilitarse la institución por la crisis, el tejido social perdió su principal referente de orden y pensamiento crítico.
Lo que antes eran plazas para el debate, hoy suelen ser espacios de abandono o comercio informal descontrolado.
La falta de presupuesto ha silenciado los programas de extensión que educaban al soberano, dejando un vacío que no ha sido llenado por ninguna otra entidad.
Los merideños les ha tocado vivir la escasez crónica de combustible, los cortes eléctricos prolongados y las fallas en la recolección de desechos han empujado al merideño a un estado de supervivencia individualista.
Cuando las reglas básicas de convivencia (respetar el semáforo, no botar basura en las cuencas de los ríos, respetar la cola de la gasolina) se rompen sistemáticamente sin consecuencias, el concepto de «ciudadano» se degrada al de «habitante».
Es alarmante ver cómo fachadas coloniales y republicanas son intervenidas sin criterio o descuidadas, reflejando un desapego emocional por la historia compartida.
Mérida era famosa por el «buenos días» y el trato amable. Sin embargo, el estrés de la precariedad ha generado una crispación social.
El irrespeto a los pasos peatonales y el uso excesivo de la fuerza en la interacción diaria son síntomas de una ciudadanía agotada.
Existe la creencia de que «el Estado debe resolverlo todo», olvidando que la ciudadanía es un ejercicio activo. Si el camión del aseo no pasa, la solución ciudadana no es quemar la basura en la esquina de un parque nacional.
La ciudadanía no es un estatus legal, es una práctica cotidiana. Para recuperar a Mérida, no basta con arreglar los baches o pintar las plazas; se requiere:
Volver a habitar la ciudad como dueños, no como transeúntes.
Organizarse para resolver problemas comunes sin esperar soluciones mágicas externas.
Entender que vivir en una ciudad de montaña requiere una ética ambiental y social específica.
«Una ciudad no es más que el reflejo de quienes la habitan. Si Mérida se siente descuidada, es porque sus ciudadanos se han descuidado a sí mismos.»
Mérida tiene la memoria genética de ser una ciudad culta. El reto es despertar esa memoria antes de que la desidia se convierta en el nuevo estándar.
¿Crees que esta falta de ciudadanía es una consecuencia inevitable de la crisis económica, o es un problema cultural que ya venía gestándose desde antes?
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