Recorrer el centro de Mérida es una valiosa oportunidad para descubrir espacios con historias, vivirlas de la mano de habitantes orgullosos de su idiosincrasia y con un sentido de pertenencia particular.
El día escogido para conocer sitios emblemáticos fue un sábado de quincena, que en nada se asemeja a los sábados de otrora; cuando las calles se veían repletas de merideños procurando víveres en el Mercado principal y en su pintoresco Pasaje Tatuy, impregnado de aromas de café recién tostado y molido.
En el interior del mercado los puestos de hortalizas, frutas, granos, carnes y pescados competían en precios; hasta el punto de ofrecer rebajas de una “puya” (5 céntimos de Bolívar) y los más osados se atrevían a descontar hasta un “medio” (25 céntimos de Bolívar) sobre el monto final. Mientras los compradores decidían, impacientes jovencitos que con sus carretas ofrecían servicio de “flete”, no paraban de acicalar sus portentosos “vehículos” de madera, a la espera de amas de casa y uno que otro cocinero de restaurantes contiguos.
Es penoso asumir que estas escenas hoy solo sobreviven en la memoria de algunos merideños, porque el mercado desapareció tras un incendio el 31 de mayo de 1987 y sus espacios hoy acogen al Centro Cultural Tulio Febres Cordero. Si se presta atención cuando se asiste a este complejo, quizás sea posible evocar el cuchicheo de vendedores y compradores por acordar un precio justo para todos.
El recorrido por parte de la historia contemporánea citadina inició en la Librería La Rama Dorada, en la calle 19, entre las avenidas 3 y 4. Allí la regia casa “Ave María” muestra la impronta del arquitecto español Manuel Mújica Millán, quien supo integrar la tradición arquitectónica venezolana con las tendencias e influencias internacionales de la primera mitad del siglo XX.
Millán propuso a la Mérida de los cuarenta crear una identidad arquitectónica que le diferenciase de otras ciudades provincianas, para transformarse en referente nacional. Además, con un componente cultural ávido de armonizar con el entorno natural serrano.
Vaya que lo logró, pues otros inmuebles icónicos diseñados por él evidencian un periodo único, y que siguen vigentes en el Palacio de Gobierno, la Catedral Metropolitana de Mérida (también conocida como la Basílica Menor de la Inmaculada Concepción), el Seminario Arquidiocesano, el complejo académico de la Universidad de Los Andes que incluye su rectorado, el teatro “César Rengifo”, el Paraninfo, el museo arqueológico “Gonzalo Rincón Gutiérrez” entre otros.
Caminar por el centro de la ciudad permite toparse siempre con tiendas de víveres, sastrerías, templos católicos, panaderías con productos, plazas y plazoletas que homenajean patriotas, varios emprendimientos que han hecho del café local su producto estrella y estratégicamente mercadeado con postres caseros.
Después de una caminata repleta de historia e identidad, el cuerpo agradeció las pizzas, el café de especialidad y postres de autor en Coatí Café (calle 18, entre avenidas 7 y 8). En medio de pinturas, ilustraciones y fotografías alusivas a la andinidad, una pequeña pero bien equipada biblioteca; el ambiente se torna fresco, relajante y genuino por el carisma de sus dueños.
A poca distancia, solo al cruzar la esquina en la avenida 8, entre calles 18 y 19 se localiza Caffesito 2020. Es un plácido espacio, con vernácula decoración, gráciles dibujos infantiles (expresando unión familiar), utensilios para tostar y moler café artesanal de Los Pueblos del Sur merideño y una biblioteca surtida con ejemplares de historia, geografía, aventura y misterio.
La simpatía y espontaneidad de los Maldonado hace que los visitantes se sientan en familia y logren liberar el ajetreo cotidiano con una taza de café mezclada con especias y de vez en cuando, con gotas de licor. Ahora, si hay antojos por algo para picar, también hay opciones con el recetario de la abuela.
Antes de abandonar el casco histórico es obligatoria una parada en la avenida 6 con esquina de la calle 20, donde la Librería J. Santos & Sucesores desde 1987 ha surtido de textos académicos y obras literarias universales por lo menos a tres generaciones de merideños. Son un referente en la ciudad y en la región, por eso es recurrente que las abuelas digan: “mis padres me traían acá para comprar libros de segunda mano, en perfectas condiciones y a precios inigualables”. Ahora, si lo que se desea es leer una breve obra, se puede hacer a la par de disfrutar una infusión endulzada con miel de abeja.
Mérida es epicentro de una inquieta vida cultural, hábilmente aderezada con su patrimonio tangible e intangible; este último manifestado en frases costumbristas propias de los andes venezolanos y que a pesar del tiempo sobreviven a los embates de la vertiginosa modernidad.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
18 de noviembre de 2025
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