Mis oraciones son por ustedes. Beato Dr. José Gregorio a su Familia

Pedro, describe los Hechos de los Apóstoles, (Hch 9, 31-42), llega a la región de Lida, encuentra en cama a un hombre llamado Eneas y en nombre de Cristo lo restablece. Luego pasa a Jafa, y allí devuelve la vida a Tabitá, de la cual se afirma, «“[…] hacía infinidad de obras buenas y repartía limosnas”». Varones como san José, san Pedro, y el Beato José Gregorio, eran hombres de feraz reflexión, pero al mismo tiempo de trabajo. No demoran exageradamente en la pregunta, ¿por qué se ha de hacer lo que está bien?, sino que, para este, lo que está bien, no delegan su consecución, o simplemente la recomiendan. Se suben las mangas de la camisa, como decimos coloquialmente, con el fin de cristalizar la sabiduría de la vida en hechos de humanidad calladamente elocuentes. Nótese –reitero– la meritoria explicación de Tabitá, antes insinuada.

Durante este día, IV de la novena, exhortaron a meditar, «“Beato José Gregorio bendice a las familias”».

El buen Maestro señala, «“las palabras que les he dicho son espíritu y vida […]”» (Jn 6, 63); convoca al robusto equilibrio. El espíritu contempla, escudriña, discierne, y exhibe la conducta cual resplandor de los valores del mismo. El Beato José Gregorio pierde a su mamá antes de los ocho años (1872). Su padre Benigno celebra nuevas nupcias con María Hercilia Escalona, y de esta unión le nacen seis hermanos. Él trae consigo a Caracas a Mana Luisa, es decir, a María Luisa Hernández, hermana de su padre. Ella se convirtió en mamá tanto suya como de sus hermanos. Apreció a su madrastra, a quien ayudó hasta su fallecimiento. Por su parte, se entregó con diestro afecto de papá a sus hermanos y sobrinos. Vuelve a la mente el rol de san José: custodió, como si fuese suyo, sabiendo que era el Hijo de Dios, a Jesús. Y, por supuesto, José Gregorio, un hombre de misa diaria, ataviado con su escapulario de terciario franciscano, devoto de la Virgen, sereno intelectual, amparó, cual san José, a Cristo, con sus palabras y obras, en el corazón de los suyos.

El principio de justicia en el cual arraiga su genio, José Gregorio no sólo lo define en sus clases de medicina, en el laboratorio, en sus consultas, en su vida social, sino asimismo en lo tan venerado por él: su núcleo familiar. En efecto, cuando toma la determinación de retirarse a la soledad del Convento en Italia, lo primero en efectuar en 1908, fue nombrar a César Benigno, Pedro Luis y José Temistocles (cuñado), como quienes deberían distribuir ecuamente sus pertenencias; encarecidamente les insiste, «“—quiero que la división se haga en muy buena armonía, renunciando a todo disgusto y cediéndose las cosas unos a otros”». A ejemplo de Jesús, no exige a los suyos una honestidad abstracta, impracticable, relegada a la inestabilidad del mero cálculo. En un momento doloroso Jesús pide a los apóstoles, «“¿también ustedes quieren dejarme?”» (Jn 6, 67), y en lo que José Gregorio encarga a los parientes, en cierto modo les hace surgir, en lo más hondo de su espíritu, la aguda resonancia de la respuesta de Simón Pedro a la cuestión del Maestro, «“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”» (vv. 68-69).

Estas expresiones vinculadas a las de José Gregorio no asoman una frágil aproximación a la justicia, como si ella fuese meramente posible; es una medida implícita en el hombre, que busca precisar lo que en él pueda haber de vago en relación a la misma. Lleva luz a lo que en muchas familias les resulta espinoso, la asignación razonable de lo poco o mucho que poseen; de hecho, el pedido del Beato, renunciando a todo disgusto y cediéndose las cosas unos a otros.

Para él la familia fue uno de sus más respetados dones; el motivo de sus desvelos e inspiración. Antes de partir a Italia, en una carta que le escribe a su hermano César Benigno, fechada el 06 de junio de 1908, confiesa, «“[…] Tú comprendes lo doloroso que es para mí esta separación de mi familia, a quien quiero entrañablemente, y que por esta causa no he tenido el valor de decirles adiós de palabra […]”». Así, en su persona, tan esclarecida en ciencia como en espiritualidad, José Gregorio elabora una valiosa réplica a la pregunta del salmista, «“¿cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”» (Sal 115). Desde Italia, ya en la Cartuja de Farneta, escribe, el 18 de noviembre de 1908, a César Benigno y a su tía María Luisa, «“mis oraciones son por ustedes; cada día aplico mi comunión, el oficio divino, el de la Santísima Virgen, el ayuno y demás obras que practicamos en nuestra Orden por uno de los miembros de la familia […]”». Limpios vocablos que desvelan perseverante adhesión a quien sea en un estado de vida o en otro, siempre le hablara como a su siervo fiel y solícito, y para quien enseña, «“el Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha”» (Jn 6, 63).

María, madre de las familias, San José, San Miguel de Sigmaringa, presbítero y mártir, quien comparte con el Beato José Gregorio su conexión a San Francisco de Asís, pues era Capuchino, y un pariente apelativo, abogado de los pobres, y al Beato, médico de los pobres, ayúdanos a mostrar por las familias nuestro más sincero cariño y respeto, por lo cual imploramos, «“Beato José Gregorio bendice a las familias”». Amén.

21-10-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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