Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen
(Juan 10, 27)
El texto asumido como referencia principal de esta reflexión es parte del trozo del evangelio leído en este IV domingo de Pascua o domingo del buen Pastor.
Por consiguiente, la voz de Cristo, buen Pastor, fundamenta nuestra pertinencia a Él. Y ella, voz de dominio apacible, vibra en la amplitud de su grey: la Iglesia.
Ahora, ¿qué tiene que hacer el hombre respecto a ella?
No quedarse como si ella fuese una especulación muy interesante. Más bien, ella le impele la apropiada nutrición de su intimidad, porque sin una asimilación en ella de la dicción genuina de tal voz, nos veríamos en el riesgo de admitirla como la de quien quiere empujar su cumplimiento de una manera ciega o, peor aún, impelerla de una manera terca.
En efecto, la primera lectura, (Hch 13, 14.43-52), relata este arrojo de Pablo y Bernabé ante los discípulos de Antioquía de Pisidia: siguieron exhortándolos a permanecer fieles a la gracia de Dios.
Desde luego, no recurriríamos a Cristo si el rebaño, la Iglesia, la humanidad, estuviera constituido únicamente por las cosas que nosotros hacemos; por eso, Él subraya: yo las conozco [a las ovejas] y ellas me siguen.
El sentido que el verbo “conocer” tiene, sobre todo en Juan, no es que conozcamos ciertas cosas para demostrarle amor a Cristo y al prójimo, y luego hagamos otras. La vida de cada quien, —llamémosle metafóricamente de cada oveja—, es como el perímetro radical cuya figura perfila en la belleza de lo sagrado con la potencia de la dicción del verbo de Dios.
El buen Pastor nos guía no cual personas que tenemos ya fijado el ser que somos.
Es inevitable que en el ser los hombres probemos conversión o aversión.
Son éstas, dos posibilidades con las que el sensato uso de nuestra libertad lidia; sin embargo, con inteligencia, corazón y manos, procuramos lo que ni nos daña ni daña a otros. Realmente, en esta ardua tarea de precisión contamos con lo asegurado por Jesús: yo les doy [a las ovejas] la vida eterna y no perecerán jamás.
La voz de Cristo, buen Pastor, nos mueve hacia Él.
Y “nos mueve hacia Él”, puesto que, somos lo que queremos ser durante nuestra trayectoria vital.
Además, en este “queremos ser”, de ningún modo deberíamos echar mano de la voz del Maestro, de todo el Texto Sagrado, para sólo conceptuarlo teológicamente, sino también, y con más peso, desvelar en él cómo el cristiano es obra de Cristo.
Esta obra “cristificada” no reduce el nombre de Cristo a una escueta categoría lingüística. Por supuesto, otra cosa es dejar que él desparezca de la humanidad, mas, con convicción mejor enfaticemos: el buen Pastor ni nos caricaturiza, ni mucho menos nos simplifica a una ideología, ni tampoco nos acorrala en un destemplado movimiento espiritual.
Gentil y sabiamente desde Él seguimos escuchando: Me las ha dado mi Padre [a las ovejas], y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Felicitaciones a todas las madres en su día.
A ellas, y a las que ya han partido al banquete del reino, ofrecido por nuestro Señor Jesucristo, vaya nuestra gratitud, porque nos han enseñado la genuina piedad religiosa, la generosidad y el abstenernos no solo de hacer el mal, sino también de la sola idea de poder hacerlo.
Mamá, muchísimas gracias. La Virgen te cubra con su manto
11-05-2025
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



