Monseñor Tomás Zerpa: El obispo humilde que no alcanzó la Mitra Merideña

Por: Ramón Sosa Pérez*…

José Tomás Zerpa Romero está atado a una sucesión de hechos trascendentes en la historia merideña, y aun cuando en forma tangencial, se nos hacen recurrentes en tiempo reciente. Nacido en el humilde hogar de María del Rosario y Antonio José, quienes vivían en concubinato hasta que el Obispo José Vicente de Unda corrigió la partida de nacimiento.

La crónica recuerda a Buenaventura Arias, colaborador de niño y luego asido al cayado del franciscano Ramos de Lora, quien logró encaminarlo al Seminario. Su protectorado no cesó y en el lecho de muerte confió al Rector José Mateo Mas y Rubí que no abandonara al acólito “Ariecitas”. Lo propio ocurriría más tarde con Tomasito amparado del Obispo Unda.

El ilustre Señor Unda, nacido en Guanare y con fina formación intelectual y casta social, ocupó la sede episcopal dejada por la muerte del Obispo de Jericó in partibus infidelium, Buenaventura Arias, Rector que fue del Seminario fundado por Ramos de Lora. De similar horma, Tomás Zerpa acrisoló su formación sacerdotal y mereció la mitra merideña.

Al Obispo Unda le sucede Juan Hilario Boset, con la Vicaría Capitular terciada del Padre Más y Rubí. Al fallecimiento del Obispo Mártir, camino al destierro en Las Porqueras, iglesia y pueblo giraron vista y corazón al clérigo millero Tomás Zerpa. Su proverbial humildad lo llevó a rebatir el mandato romano en tanto su nombre era consensuado para la sede vacante.

Su obra de Vicario Capitular, con canonjía vaticana, proveyó tareas de apostolado y hechura social que Mérida agradecerá siempre. Fiel a la pasión por el arte, Zerpa fomentó una banda sacra y la primera sala de teatro de la ciudad a la par de sostener monetariamente cuando el gobierno negó el apoyo, la apertura de la carretera hacia Palmarito, en el sur del lago.

Lector de clásicos, Monseñor Zerpa descolló como erudito de la palabra al tiempo que, según Gonzalo Picón Febres, quien lo escuchó mucho, era orador que “se contentaba con decir sus discursos, cuidadosamente escritos y esmeradamente pulidos y luego los quemaba. Se complacía con decirlos (..) con el apostolado, con la evangelización”.

Muchas prendas morales y académicas ornan al Padre Zerpa antes de su preconización; Vicario de La Grita, Racionero del Cabildo Catedralicio, Gobernador Eclesiástico, Vicario General y Capellán de congregaciones, argumentos lícitos para considerar su idoneidad en la sucesión. Será Vicario Capitular de la Diócesis (1873/1881), sede vacante.

No aceptó la mitra y las razones, del todo personales, se las llevó a la tumba el apóstol que “murió en olor de santidad”, según Monseñor J.M. Jáuregui Moreno quien habría incoado la causa en Roma. De ello poco se ha escrito, pero el Cardenal Quintero afirma haber ojeado la carta donde Jáuregui lo atestigua. Ojala Mérida reivindique esta deuda.

A Monseñor Tomás Zerpa Romero incumbió erigir la Parroquia Eclesiástica de Canaguá el 24 de julio de 1875 y designar al Padre Ezequiel Moreno como primer párroco. Los pueblos ubicados al envés de la cordillera estuvieron en tutela misionera con los Agustinos desde 1597. Al cabo de 2 centenas y un tanto, el clero diocesano llega al sur de Mérida.

Canaguá era atendida por los frailes agustinos que, por la distancia de cuando en vez cedían el auxilio sacramental. Un grupo de parroquianos se dirige a la jerarquía y el Deán Tomás Zerpa, ante el reclamo promovió el petitorio, culminando con el Decreto antedicho. En 1900 Noguera comienza un periplo de casi medio siglo por la comarca.

El Caballero Andante del Evangelio abordó la etapa de mayor fulgor que tuvo la comarca, en tanto su curato se prolongó por 40 años que precisó en adelante el apogeo de la fe. A la casita de bahareque donde los frailes celebraban, sucedió la primitiva iglesia de paredes de tierra pisada y techo de tejas, con mayor albergue, como cita el Padre Eustorgio Rivas.

En 2025 celebramos el 150º aniversario de la Parroquia Eclesiástica de Canaguá en Sesión Solemne. En el Discurso de Orden, Ramón Sosa Pérez refrendó el acontecer histórico sureño con apoyo de la iglesia en sus hechos cardinales, legitimando el compromiso de sus pastores organizando, educando e impulsando la incorporación al desarrollo integral nacional.

A la iglesia se debe la organización comunitaria como logro y el enfoque de beneficios en salud, educación, formación y servicios. Los nuestros fueron pueblos desamparados desde siempre y apenas los curas se ocuparon de asistirlos en todo. En ocasiones debieron lidiar contra la cultura del conformismo y la resignación, campante por doquier.

El aniversario de la Parroquia Eclesiástica de Canaguá (1875) nos lleva a cavilar por 3 sendas; Misión agustinia de 1597 a 1816, clero diocesano desde 1875 y el periplo del Padre Noguera de 4 décadas y luego los Curas Camineros, entre 1954 y 1961, fijaron la huella del progreso en apertura de caminos y consolidación de la comunicación en el sur merideño.

No se hablaba de sinodalidad pero los párrocos la llevaban en sus alforjas de caminantes con el peregrino de las montañas surandinas. La iglesia doméstica era el paradigma del cura que pernoctaba como el Padre Adonai Noguera “en las soledades del abrigo campesino y ante el amparo de lo que socorriera Dios en tan inhóspitas tierras”.

Estos apóstoles del sur merideño, hijos de labradores en su mayoría, idearon, propiciaron y promovieron cambios desde el púlpito, señalaron caminos desde su experiencia de fe y orientaron la esperanza de los hombres y mujeres de esta Tierra de Gracia, tan llena de bondades y fortalezas, con la palabra justa y el ejemplo a flor de piel.

*Cronista Municipal de Arzobispo Chacón y Aricagua

28-07-2025