Las motopiruetas, esas acrobacias, maniobras extremas y piruetas a alta velocidad que vemos todos los días en las calles, se han vuelto súper populares, sobre todo entre nosotros los chamos en Mérida. Lo que para muchos empezó como pura adrenalina, una forma de destacar y una subcultura brutal, hoy se convirtió en un problema grave que nos está tocando de cerca y del que tenemos que hablar sin caretas. Porque sí, la adrenalina se siente increíble y el show visual llama la atención, pero hay que parar un segundo y abrir los ojos, nos estamos jugando la vida en la calle sin ninguna necesidad, sin protección y sin medir las consecuencias.
Para los chamos que las practican, la moto no es solo un vehículo; es parte de uno, es libertad, y cada pirueta es una prueba de equilibrio y puro valor. Pero seamos sinceros, la calle no es una pista de carreras ni un set de grabación. El problema real es que el tráfico no avisa. Cuando alguien se para en el asiento, pierde por completo el control de lo que pasa alrededor. En un segundo te sale un hueco en la vía, un peatón distraído, un charco de aceite o un carro que dobla sin poner direccional, y adiós capacidad de reacción. No hay reflejos que salven un choque a esa velocidad.
Los hospitales están llenos de historias que duelen. Cada vez es más común ver emergencias saturadas con chamos de nuestra edad sufriendo lesiones gravísimas solo porque no usaban un casco certificado, rodilleras o equipo de protección básico. Entre lo que nos estamos arriesgando a perder, hay cosas de las que no se vuelve, como un traumatismo craneoencefálico, que es la razón principal por la que muchos terminan en estado crítico o pierden la vida por no llevar el casco bien puesto; lesiones medulares y parálisis, donde una sola caída mal calculada a alta velocidad te puede dejar en silla de ruedas para siempre; fracturas múltiples y amputaciones, con huesos destrozados por el impacto contra el pavimento o contra otro vehículo; y el peligro hacia terceros, ya que un peatón, un ciclista o el conductor de al lado pagan a veces los platos rotos por una maniobra imprudente.
Debemos tomar conciencia para entender que la calle es de todos y no un juego; espacios seguros, como pistas cerradas y reguladas donde se puedan hacer estas acrobacias sin poner en riesgo a nadie; y campañas que nos hablen de pana, con datos reales y sin sermones aburridos, entendiendo que nos gustan las motos pero recordando que el cuerpo humano no aguanta un golpe contra el asfalto.
Nadie quiere que nos quiten la libertad ni la pasión por los motores, pero tampoco podemos seguir viendo cómo amigos y conocidos se quedan en el camino por un momento de emoción. Disfrutar de una moto debe ser sinónimo de aventura, no de tragedia. El verdadero valor en la calle no se demuestra arriesgando el pellejo, sino protegiendo la vida propia y la de los demás. Tomar conciencia no es matar la pasión; es asegurarnos de que mañana podamos seguir rodando.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 4to año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
08-11-2026 (160)


