(Lucas 21, 5-19)
Esta es una frase de Jesús no sólo para especialistas en este tipo de camuflajes, sino asimismo para los que, siguiéndolo, exigen en su nombre normativas estrictas, por poco carentes del sano desenvolvimiento de la humanidad.
Con la frase y el lenguaje apocalíptico propio del trozo del evangelio de Lucas de este domingo, el evangelista subraya este principio de interpretación y meditación: no explicar tales párrafos a como salga o a como se pueda.
El contenido de esos párrafos y las formas literarias que los caracterizan, discurso escatológico, exhortativo, apocalíptico, no narran un acontecimiento que se supone conocido o un artificio para atemorizar: Jesús enfatiza en tales formas literarias que aun en esas convulsiones cósmicas y sociales no nos entreguemos sin remedio a una vida azarosa, desesperanzada o, como sucede hoy, despreocupada y acomodada a como vayan saliendo las ocasiones.
Desde luego, no dejemos que el Jesús autor de las bienaventuranzas nos parezca otro, desconocido, cuando emplea las expresiones específicas del evangelio de este domingo. Actuar así y como dicta el título de esta reflexión, es propio de los que son como la paja, soberbios y malvados, escribe el profeta Malaquías (1ª lectura).
El lenguaje del evangelio —no quedará piedra sobre piedra, todo será destruido, cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, en diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre— ratifica el solemne designio de Cristo: su eficaz asistencia y protección: su autoridad suprema.
Es decir, el fin primario e inmediato de la autoridad de su mensaje no está en la destrucción, sino en la justicia y la rectitud que, como escribe el salmista (Salmo 97), “serán las normas con las que rija a todas las naciones”.
Evidentemente, las destrucciones, las guerras, las epidemias, han azotado y azotan realmente a la humanidad.
No necesitamos imprescindiblemente de la opinión de técnicos y especialistas para tener una visión al respecto. Sin embargo, incluso en estos sucesos es también el tiempo escogido, no para camuflarnos el nombre Jesús, sino para recalcar en Él la intervención suprema de Dios en favor de su pueblo.
En efecto, el nombre Jesús procede de Y ͤhôsu: Yahvé salva; y este significado hemos de apreciarlo así, aunque por confesar la inmutabilidad de su Ser, de su causa, seamos perseguidos, aprehendidos, y conducidos a los tribunales y a la cárcel.
¿Cuánto tiempo viviremos en tribulaciones? No es fácil determinarlo.
Lo que sí profesamos y reiteramos con firme esperanza es que Cristo reina no de 2000 a 2025; tampoco consulta a los reyes cómo gobernar con sabiduría; al contrario, incluso los más presuntuosos, lo consultan a Él.
No basta con acudir a Cristo en busca de respuestas: estamos llamados a vivir como Él vivió.
16-11-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



