Nepal, mágica travesía entre las nubes de Los Himalayas

El taxi esperaba en las afueras del hotel junto a Naba Thapa, quien sería el guía para el trekking. Luego de gestionar los permisos, recién iniciaba la aventura hacia el Área de Conservación del Annapurna para recorrer durante 21 días las majestuosas montañas de los Himalayas. La estación central de autobuses fue el punto de partida hacia Besisahar (primer destino del trekking). En un colorido y llamativo bus se emprendió el viaje, y luego de que se averió, el techo de otro más pintoresco sustituyó los asientos en el interior; la empresa vendió más boletos que cupos disponibles. Esta peculiar situación fue un excelente error porque se logró una mejor perspectiva de los bosques y campos de arroz desde allí arriba.

El monzón recién culminaba; sin embargo, a lo largo de la caminata se presentaron fuertes lluvias que incrementaban las tonalidades verdes en los bosques tropicales y en los bosques montanos de cipreses, abetos y rododendros. Sin embargo, esto también aumentó la dificultad en la marcha, pues los caminos se anegaron. El precio es muy bajo por tener la experiencia de caminar y llenar los pulmones con aire puro de los Himalayas; bien valía el esfuerzo.

Pequeñas villas como Bhulbhule y Chame sirvieron de cobijo durante estos primeros días. Los alojamientos eran casas de familias acondicionadas para recibir turistas y ofrecerles, aparte de camas cálidas e información, comida tibetana que nada envidia a los grandes gourmets.

Con energías recuperadas, se reiniciaron las marchas, promediando 8 horas diarias (12-15 km) y a través de largos túneles en el interior de los bosques formados por enormes y corpulentos rododendros con flores púrpuras. Allí habitan unos seres silentes y ávidos de visitas que, en el menor descuido de los trekkers o de los porteadores, se trepan por sus botas y ropas para darse «un banquete». Son las sanguijuelas, que a medida que se avanza en la ruta es común observarlas mejor alimentadas.

Durante la caminata, atrás quedaban los bosques, sustituidos por paisajes repletos de rocas y con pequeñas porciones de hierbas bajas, perfecto alimento para los yaks, especie de buey tibetano originario de las mesetas y montañas de Asia central.

El oxígeno escaseaba a medida que se ascendía, pero el objetivo debía ser conquistado: el Thorong Pass, ubicado a 5.416 m.s.n.m. Desde el Thorung Pedhi (día 10°) se inició el ascenso final a las 4 de la mañana, resguardados por los vientos gélidos y la penumbra. El entusiasmo fue el mejor aliciente para llegar a una de las estaciones del cielo.

Cuando las fuerzas se recuperaban, los primeros rayos del sol iluminaban las banderas budistas de colores blanco, rojo, amarillo y azul que se confundían con el firmamento y adornaban la cima del Thorong. Todas fueron depositadas allí por los viajeros en señal de agradecimiento a los dioses por haber conquistado la cumbre a pesar de las inclemencias del tiempo, todo un logro para cualquier mortal.

Rumbo a Birethanti, último punto en el trekking, una vez más cambiaron los paisajes. De nuevo emergieron los bosques y valles muy verdes, que rodean poblados resguardados por el pico Dhaulagiri. Marpha es uno de ellos; sus casas albergan una población fervorosa. Es común y gratificante para el alma escuchar cánticos budistas durante los momentos de oración, que, aunados al blanco predominante en las fachadas y a los techos de lajas y madera, hacen pensar que es el mejor lugar para que el viajero encuentre el balance entre las fuerzas mundanas y las principales virtudes del alma: sosiego, compasión, armonía, entre otras. No es exagerado afirmar que Marpha es el verdadero Shangri-La.

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

Fotos Ewaldo Sandoval

16 de diciembre de 2025

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