Decir algo de la lectura efectuada no es atolondrarnos con una multitud de explicaciones inútiles. Es inevitable que a nuestro oído lleguen variadas articulaciones —no leemos igual esta o está— que generan distintas impresiones por ser pocas o muchas, fáciles o difíciles, y diversas. Sin embargo, en tal “variedad de articulaciones” con las cuales nos adentramos inteligentemente en los argumentos de un libro, se sustenta la energía profundizadora y esclarecedora de nuestros propios argumentos.
Adentrarnos, profundizar y esclarecer el argumento o los argumentos de ningún modo exige para su realización una especie de gramática peculiar; nos pedimos, desde luego, evitar la precipitación, porque con esta causamos en la lectura un efecto completamente opuesto al que queremos. Pongamos mucho cuidado en el análisis de todo cuanto contiene.
Ahora bien, este “poner mucho cuidado” es ineficiente cuando la ortografía y la pronunciación de lo leído conducen más bien, de un lado, a adivinar lo que hemos pretendido leer —porque inadvertidamente lo hemos leído mal o ni siquiera leído—; y, de otro lado, a gruñir entre dientes lo que nos gusta que entiendan de lo leído o supuestamente leído. Es decir, en la ortografía y en la pronunciación está la base con la cual es completamente necesario que lo que digamos o escribamos lo hagamos con inteligible claridad.
Es innegable que el niño necesita un intérprete —sus padres o, si ya va a la escuela elemental, sus maestros— para aclararle lo que dice y lo que académicamente comienza a conocer. Cierto, un estudiante universitario, un profesional, un seminarista o un sacerdote, al explicar cuanto ha repasado o está repasando, difícilmente hará una mala elección de términos o los elegirá al azar; no prolonguemos ni arrastremos las sílabas, las palabras o las frases que nos place entender, pues de este modo, en los significados causados —donde se juega todo el peso lógico, morfológico y sintáctico del argumento—, concebiríamos sin exactitud que con y por él su autor, antes de expresar nuestras interpretaciones, nos ha dejado claramente las suyas.
Indudablemente, el argumento de algún artículo, texto o periódico interpela, pero también acompaña la experiencia humana de saberlo evaluar. Con anterioridad, en su escrito, alguien comunicó un mensaje, una explicación, un concepto o una definición acerca de algún objeto, acontecimiento o descubrimiento con realismo y nitidez; por lo cual, al decir con acierto algo del mismo, no olvidemos que ello lo logramos en el estudio concreto. Esto es: su estudio atento nos ayuda a observar con lucidez el criterio para discernirlo, juzgarlo e incluso orientarnos a la acción.
03-09-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



