A mi edad, me la paso escuchando que los adolescentes vivimos en una burbuja y que creemos que nada malo nos va a pasar. Pero cuando escuchas las historias sobre la tragedia de La Guaira, esa ilusión de invulnerabilidad se rompe en mil pedazos. En cuestión de horas, lo que construiste durante años se puede perder en cuestión de segundos. La historia nos demuestra, una y otra vez, que todo lo que consideramos seguro puede colapsar en un abrir y cerrar de ojos.

Sin embargo, lo que más me impresiona de todo esto no es solo la fuerza con la que puede golpear una tragedia, sino la rapidez con la que la gente la olvida.

Cuando el desastre está fresco, presenciamos un estallido de humanidad increíble. Las personas se movilizan, las redes sociales se llenan de solidaridad, los centros de acopio se llenan y da la impresión de que, por fin, nos importa el de al lado. Nos sentimos parte de algo más grande, unidos por el dolor ajeno. Es una versión de nosotros mismos que da esperanza, pero dura ridículamente poco.

El verdadero problema empieza cuando pasan tres o cuatro semanas. La tendencia en internet cambia, los titulares de prensa se enfocan en otra cosa y la rutina vuelve a entretener a todo el mundo. La empatía parece tener una fecha de caducidad de un mes. Para el resto de la gente, la tragedia ya es «pasado», pero para las víctimas que perdieron a sus familias, sus casas o su historia, el infierno apenas está empezando. Se quedan solos recogiendo los escombros cuando ya a nadie le importa.

Recordar lo que pasó en La Guaira no debería limitarse a publicar un mensaje reflexivo en la fecha del aniversario. Debería servir como un recordatorio permanente de dos realidades incómodas, que las tragedias no avisan y que la solidaridad no puede ser un evento de moda que se apaga cuando nos da fastidio seguir ayudando.

Como joven, me niego a aceptar que la empatía sea un impulso temporal y no una forma de vivir. Por favor, no nos olvidemos de seguir ayudando a nuestros hermanos de La Guaira y de todos los que sufrieron daños por los terribles terremotos del 24 de junio.

Marco Antonio Sosa Villamizar

Estudiante de 3er año de bachillerato

Colegio Micaeliano-Mérida

26-07-2026 (149)