(Juan 14, 27)
Antes de este renglón, no pierdan la paz ni se acobarden, Jesús remarca, mi paz les dejo mi paz les doy.
Con ambos renglones comprendemos: Cristo no sólo hizo cosas, además dejó en palabras claras su enseñanza sobre la paz.
El hecho de hacer cosas con las cuales mostraba su personalidad mansa y humilde, y el dejarlas corroboradas en su verbo, no constituyen dos dimensiones disociadas.
La paz, por la que nos pide ni perderla ni acobardarnos, estuvo y está, en una y otra forma, anclada en sucesos reales y efectivos de su vida.
Él nos solicita no perderla ni acobardarnos, porque de este modo estaríamos dando paso a las actitudes de quienes imaginan que el mundo va a terminar enseguida.
Por ejemplo, en la primera lectura (Hch 15, 1-2. 22-29), por la retrógrada actitud de algunos, originarios de Judea, defensores acérrimos de la circuncisión, apunta el hagiógrafo, provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé.
Preguntamos, ¿por qué este dato aparece en la Biblia?
Porque ella quiere hacernos entender que es poco humano y cristiano encubrir y conformarnos con los comportamientos insensibles, cuyo objetivo es ponerle trabas injustificadas e injustificables a los demás.
Esto sería buscar una paz condicionada y a la vez procurarla en el otro cual especie de movimiento poético del espíritu (X. Zubiri).
Frente a ello profundicemos el versículo clave de esta reflexión y además este espiritual y equilibrado párrafo, también registrado en la primera lectura: el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias.
Nuestra acción de ser cristianos, y serlo sin fingimiento tanto en lo que decimos como en lo que hacemos, una acción no únicamente forjada en torno a Cristo, sino por la que demostramos que vivimos íntima y profundamente de él y con él, es un constante testimonio que el Espíritu enviado por el Padre y el Hijo, ilumina para el robustecimiento de la fe, la esperanza y la caridad.
En efecto, en la segunda lectura (Ap 21, 10-14. 22-23), refiriéndose Juan a la nueva Jerusalén, a la ciudad santa descendida del cielo, a nuestra Iglesia Católica, enfatiza: no necesita la luz del sol o de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y el cordero es su lumbrera.
Y, por consiguiente, desde el Papa hasta nosotros, recibimos y participamos de la tradición viva que, gracias a la intercesión de María y los Santos, la continuamos al tenor de las palabras del Maestro: el que me ama cumple mis palabras y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada.
24-05-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



