Por: Bernardo Moncada Cárdenas…
«Herramientas que podrían favorecer el debate y la participación se utilizan a menudo para construir narrativas sesgadas y difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso». León XIV en Magnifica Humanitas, sobre la inteligencia artificial, la verdad y la libertad.
Cuando, en 1987, fui llamado por el rector Pedro Rincón Gutiérrez a colaborar en su gestión, ingresé no solo a la dinámica administrativa universitaria, sino también a su exigente mundo moral e intelectual. Una experiencia de aquellos años vuelve hoy con sorprendente actualidad.
En una correspondencia oficial utilicé la expresión “recursos humanos”. Con profunda seriedad, el rector me corrigió: “Jamás use esas palabras para referirse a personas. El ser humano es mucho más que eso; su dignidad no se reduce a ser un recurso”.
Aquella observación me sacudió entonces. Y hoy resuena con fuerza al leer Magnifica Humanitas.
La primera encíclica de León XIV no es un alegato apocalíptico contra la tecnología. El Papa parte de una afirmación esencial: la tecnología no es mala en sí misma, como tampoco lo fue la industria cuando Leo XIII publicó Rerum Novarum. Sin embargo, tampoco es neutral. “Toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”, afirma el Pontífice.
La cuestión decisiva aparece allí: el riesgo de reducir al hombre a pieza funcional, a dato procesable, a unidad de rendimiento o consumo. Es decir, a mero recurso.
La inteligencia artificial, la hiperconectividad y la digitalización avanzan silenciosamente. El teléfono inteligente, convertido en extensión inseparable de nuestra vida, organiza la atención, redefine relaciones y condiciona incluso la percepción de la verdad, muchas veces sin que advirtamos qué visión del ser humano se nos está imponiendo.
El capítulo cuarto de la encíclica resulta especialmente penetrante al advertir cómo la manipulación informativa amenaza la libertad interior. La proliferación de bots, la industrialización del bulo y las tergiversaciones interesadas en medios y redes sociales no son simples fallas del sistema; son instrumentos de ingeniería social capaces de modelar mentalidades.
Este fenómeno adquiere tintes dramáticos en la experiencia venezolana. El ecosistema digital y mediático ha alimentado dinámicas de polarización extrema, empujándonos a la sospecha permanente y a reacciones cada vez más radicales. Hemos terminado habituados a dudar de todo y de todos, atrapados en una distorsión perceptiva que asumimos casi sin notarlo.
El resultado más trágico no es solo la cólera, sino la inmovilidad. La sobrecarga informativa y la mentira planificada terminan produciendo parálisis histórica: un estado de desconfianza crónica que debilita la acción constructiva.
Sin verdad compartida, la convivencia se fractura. Sin libertad crítica, nos convertimos en objetos manipulables. Y sin una comprensión trascendente de la vida, corremos el riesgo de quedar aprisionados por algoritmos y laboratorios de opinión.
Allí reside una de las intuiciones centrales de Magnifica Humanitas: el progreso técnico solo es verdaderamente humano cuando permanece subordinado a la dignidad de la persona. El problema no es la máquina, ni el algoritmo, ni la red social; es la antropología que los guía.
Por eso León XIV insiste en custodiar lo humano: la capacidad de contemplar, discernir, amar y crear vínculos reales más allá de las pantallas; valorar el trabajo como vocación y servicio, y no únicamente como productividad cuantificable; ejercer la libertad frente a algoritmos que conocen nuestros miedos e inclinaciones mejor de lo que a veces nosotros mismos los conocemos.
La historia demuestra que ningún avance técnico garantiza por sí mismo una elevación moral. La técnica puede humanizar, pero también despersonalizar e inocular el odio con eficacia inédita.
Quizás por eso vuelve hoy aquella corrección de Pedro Rincón Gutiérrez. No somos “recursos humanos”. Tampoco simples usuarios, perfiles o audiencias. Somos personas. Y esa diferencia, que parece apenas semántica, define en realidad el destino de nuestra civilización.
En su evocación de Nehemías y como buen hijo de San Agustín, León XIV propone reconstruir la Ciudad de Dios “ladrillo a ladrillo”, superando divisiones y trabajando juntos en el camino de Jesucristo.
Porque cuando el hombre deja de ser reconocido en su dignidad y pasa a ser percibido como un recurso, termina siendo administrado, utilizado y descartado.
Cuando se reconoce en él una “magnífica humanidad”, la tecnología encuentra finalmente su lugar: servir para liberar al hombre, y no para sustituirlo o sojuzgarlo.
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27-05-2026



