(Mateo 24, 37-44)

I domingo de Adviento

Frente al versículo-título de esta reflexión surge esta pregunta: ¿la venida del señor tiene lugar inmediatamente?

La respuesta estará especificada en dos momentos:

Primero, la proximidad y llegada de Jesús al corazón humano no es un hecho extraño, sino real, es decir, instituye una certeza sin cronología; en efecto, el profeta Isaías señala al final de la 1ª lectura:

“¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor”.

Segundo, creemos en la segunda venida de Cristo. Por ende, aunque permanece escondida, por nuestra fe lo que importa no es el cuándo, sino el quién y el cómo.

Con el “quién”, asegurarnos a la identidad de Jesús no nos parece “probable”, al contrario, alertados por Él mismo, “muchos vendrán usurpando mi nombre”, sin dejarnos perder en los intentos que algunos hacen al respecto, sostenidos en la esperanza de “la luz que brilla en las tinieblas”, tengamos en Él el fundamento de todos los privilegios.

Ahora bien, el “cómo” nos concentra en el modo por el cual Dios y su Espíritu intervienen purificando nuestras conciencias, para que apreciemos más al Mesías que viene glorioso, porque en Él hemos de contemplarnos singularmente como en ningún otro; y en esto sus palabras nos secundan:

“Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor”.

Desde luego, el tiempo de Adviento, iniciado en este domingo, con su liturgia, teología, cristología, mariología, nos invita a nivel de la fe, la esperanza, la caridad, a salir de comodidades más bien incomodas; éstas nos amoldan a lo rutinario, a lo monótono, y son como un ladrón silencioso que calladamente nos introduce en el sinsabor de la presunción, la desconfianza, la soberbia.

Entonces, liberémonos de esas comodidades incomodas; “desechemos —escribe San Pablo— las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz”.

La conservación de la vigilancia, a la cual apuntan las frases de Jesús, “no saben qué día va a venir su Señor”, “a la hora que menos piensen”, depende de la sumisión a la voluntad de Dios, de la confianza en ÉL, el cual puede proveer de otra manera, siempre en provecho nuestro, lo que muchas veces concedemos al automatismo y acomodamiento.

De hecho, esto da pie a uno de los significados de la expresión, “antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca”.

Cierto, esa expresión de Jesús directamente recalca: en todas aquellas acciones relacionadas al cumplimiento del Evangelio, en estar prontos con obras de justicia y de caridad, aunque hallemos regias oposiciones, inexorablemente encontramos el auxilio divino, y gracias a él reparamos las fuerzas humanas, espirituales, extenuadas por las pruebas.

30-11-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com