(Juan 4, 5-42)
Esta pregunta, dentro del contexto donde está, “vengan a ver a un hombre que me dijo todo lo que he hecho. ¿No será este el Mesías?”, es una pregunta retórica o interrogativa, por la cual la mujer samaritana planteó la cuestión sobre la identidad de Jesús a sus paisanos, con el que había sostenido un intenso coloquio.
En efecto, Jesús pasó y se detuvo en un lugar de Samaria, particularmente en el pueblo llamado Sicar, —población mencionada tanto en el Antiguo (cf. Gn, 48, 22), como en el Nuevo Testamento (cf. Jn 4, 5)—, donde, por su carácter judío, probablemente no lo recibirían con afabilidad.
Llega al “mediodía”, momento de la jornada con el calor más fuerte y abrazador, al denominado pozo de Jacob; y esto desencadena dos motivos:
- Era muy poco factible que, a esa hora, con tales condiciones, acudieran muchas personas o alguna a sacar agua del pozo; y,
- Esta mujer llega, porque analizando más detenidamente el primer motivo, a esa hora no habría nadie o casi nadie buscando el preciado líquido.
Ahora bien, según el segundo motivo aclaro: No quería ser el centro de opiniones de sus coterráneos. Ciertamente, el Señor le fue sincero, mas no para humillarla, sino para ofrecerle lo que muchos en Israel le estaban negando: Su cualidad de Salvador, Mesías, Hijo de Dios.
Lo apenas relatado, asimismo nos orienta a estas explicaciones.
Jesús dialoga con una samaritana, quien aún espera al Mesías, más concretamente al Taheb, Restaurador (cf. Dt 18, 18). En el transcurso del diálogo Jesús revela su identidad, y exactamente al momento de hacerlo expresa: “Soy yo, el que habla contigo”.
Por ende, la voz Mesías y esa declaración de Cristo, “Soy yo”, indudablemente llevó a la mente de esta mujer a los cinco primeros libros de la ley, sustancialmente a Éxodo 3, 14, donde encontramos y leemos la afable identificación que Dios dona de sí mismo, “Yo soy el que soy”, luego de la preocupación de Moisés.
Desde luego, Jesús revela su identidad, pero no deja a la mujer inquieta solo en abstracciones, al contrario, después de recalcarle, “en eso has dicho la verdad”, ella se encamina al pueblo e inicia lo que, por primera vez en la vida pública del Maestro de Nazaret, puede considerarse “la misión de la primera apóstol”.
Y esta descripción nos lleva de nuevo al momento donde Juan afirma: Llegó Jesús al pozo, y se sentó al borde del mismo. En eso llega la mujer y él le pide de beber, a partir de lo cual comienza a romperse todo límite cultural, geográfico, y, en tal sentido de modo semejante a Isaac y Rebeca (cf. Gn 24, 6-19), a Jacob y Raquel (cf. Gn 29, 1-12), a Moisés y Séfora (cf. Ex 2, 15-20), que también se encontraron alrededor de un pozo, se da ese enamoramiento profundo y puro entre el corazón del Hijo de Dios y este pueblo samaritano, considerado por los judíos renegado, impuro, representado y evangelizado por la mujer samaritana.
08-03-2026
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



