(Mateo 10, 26-33)

Con este imperativo, leído en el evangelio de este XII domingo del tiempo ordinario, nos encontramos reiteradamente en la Sagrada Escritura. Está inmerso en el denominado “Discurso de la Misión”, desde el cual Jesús nos sigue exhortando, animando, a vencer los temores y confiar enteramente en la Providencia.

Los versículos del capítulo 10 del texto de Mateo, definen la manifestación de la pedagogía divina de Jesús; es decir, lo enseñado en la intimidad de la escuela apostólica, en el seno de la Iglesia, hemos de convertirlo en una verdad social y universal, desafiando el secretismo de tantas sectas, grupos, que esconden egoísmo, tremor y temblor, bajo la forma de misticismos o esoterismos.

La siguiente palabra griega, kekalymmenon, en español traduce, “nada hay encubierto”, contiene el verbo kalypto (velar, esconder), y la misma, —está en el v. 26—, nos evoca, contra todo pseudomisticismo, que la revelación cristiana es un apokalypsis, porque “quita el velo” de las falsedades, ocultamientos temporales, y nos abre a la transparencia absoluta del Evangelio.

Sin duda, esta “transparencia absoluta” revelada en la pedagogía divina del Maestro de Galilea instituye la base más firme, humana, espiritual, con la cual afrontamos el acoso de la paralización de nuestra voluntad por el miedo o la desaprobación social, el abatimiento o la agresión física.

Ante ello, el terapeuta divino es Jesús, pues cuida y robustece nuestro principio vital espiritual, (alma), dándole estabilidad emocional contra la despersonalización y la insignificancia. En efecto, Él asegura:

“¿No es verdad que se venden dos pájaros por una moneda? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por lo tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen mucho más que todos los pájaros del mundo.

Jesús, terapeuta divino, ama con amor eterno al ser humano, y por eso, lo libra de las pretensiones de quienes buscan reducirlo a una máquina biológica contingente; al contrario, Él, Verbo increado, encarnado, revelado, le ha donado una dimensión espiritual autoconsciente, trascendente, capaz de sobreponerse a las manipulaciones, al control, de las fuerzas pseudorreligiosas, políticas, económicas o materialistas de la historia. Estas empujan al aislamiento absoluto respecto a Dios. Pero nosotros, seguidores de Jesucristo por libre elección, y aún en medio de las pruebas, sentimos que el cuidado de Dios por hombres y mujeres, no es como a la especie (como hace con los pajarillos), sino como personas, criaturas racionales a las cuales les ha obsequiado su filiación divina.

Esta “filiación divina” pone ante nosotros el Santo Temor de Dios frente al temor servil. Es muy distinto, tal cual enseña San Agustín, el miedo al castigo, temor servil, del miedo a ofender al Amor, temor filial. La confianza total en este último nos salva del conformismo y del pecado de la presunción.

En conclusión, el imperativo “no tengan miedo”, repetido más de 365 veces en la Biblia, uno por cada día del año, nos invita a presenciar al Señor de modo semejante al profeta Jeremías, Gibbôr‘arîs, guerrero temible, puesto que, incluso los momentos tempestuosos de la existencia nos invitan a hacer memoria de su fidelidad.

21-06-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com