(Mateo 4, 1-11)

Domingo I de Cuaresma

Las precauciones arteras del tentador —recapitulemos que el evangelio de este domingo lo presenta apoyándose en algunos pasajes de la Sagrada Escritura Dt 8, 3; Salmo 91, 11.12—, fueron completamente inútiles.

Sin embargo, la verdad es que a él “no le parece oír” la autoridad de la cadencia del Verbo encarnado; “la oye claramente”, porque “claramente” quedó, queda y quedará siendo el Señor, del que Pablo escribe:

“La obra de justicia de uno solo procura para todos los hombres la justificación, que da la vida”.

Por ende, hacia las tentaciones experimentadas por Jesús, no nos movemos para apreciarlas en la experiencia de todo al que encontremos al paso, pues al cabo de unos instantes no sabremos dónde está nuestra meditación.

En efecto, han de enfrentarnos, evitando en lo posible la desesperación, con todo lo que nos es preciso abandonar y con todo lo que nos es preciso recobrar; mientras tanto cantémosle al Señor:

“No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu” (Salmo 50).

El clamor del salmista asimismo nos rememora que por más encantadores que sean algunos ofrecimientos, en ellos no podemos fijar la mirada del espíritu, porque pueden promover la metamorfosis de la monstruosidad del corazón.

Entonces, preguntémonos con frecuencia: ¿Qué hacer, gran Dios? Ya que a ÉL con asiduidad hemos de rogarle que consigamos ver con claridad, para que en el combate con lo que nos hostiga la fe, la esperanza, la caridad, no cedamos a la agonía de la alegría, a la agonía de la virtud.

De hecho, la conservación de la lozanía de la alegría, de la virtud, está en el bien que no hace ruido alguno al despuntar:

“El Señor hizo brotar del suelo toda clase de árboles, de hermoso aspecto y sabrosos frutos” (1ª lectura).

Dejémonos interpelar por la generosidad divina en relación al hombre, y evitemos así toda clase de avaricia que con tanta prisa busca deformar la conciencia por lo cual el viviente humano parece tenerle el destino en sus manos y, por consiguiente, considerarse su dueño absoluto.

Ante las tentaciones de Jesús, que sin duda atosigan también al ser humano, cuestionémonos de nuevo: ¿Quién es el que viene tan temprano?

Desde luego, respondámonos: A este paso de la jornada de la vida recurre Cristo a socorrernos con su respuesta a cada tentación:

“No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

“También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios».

“Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo
servirás”.

22-02-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com