Hoy 29 de mayo, Día Nacional del Adulto Mayor, honramos a quienes edificaron las bases de nuestra sociedad. En Venezuela, esta fecha se ha convertido en un amargo recordatorio de cómo el Estado ha abandonado a sus ciudadanos más vulnerables. No se trata de vejez, sino de maltrato sistemático, de una condena silenciosa que convierte sus últimos años en una lucha diaria por la dignidad.
El maltrato hacia el adulto mayor en Venezuela no siempre deja moretones visibles, se manifiesta en la imposibilidad de acceder a medicinas para enfermedades crónicas o en el silencio cómplice de un Estado que reduce las pensiones a una limosna de apenas unos pocos dólares al mes. Según organizaciones no gubernamentales, más del 90% de los jubilados venezolanos percibe un ingreso que ni siquiera cubre el 10% de la canasta básica familiar. Es una sentencia de pobreza extrema, de hambre lenta.
El sistema de salud pública, es un laberinto sin salida: falta de insumos, quirófanos cerrados, camas sin sábanas y fármacos que solo se consiguen en el mercado negro a precios exorbitantes. Un adulto mayor con hipertensión o diabetes no recibe tratamiento, sino una condena a complicaciones evitables. ¿Cuántos abuelos han muerto en sus casas por no tener una ambulancia, por no encontrar una insulina, por la indiferencia de un sistema colapsado?
Y qué decir de los servicios públicos. La electricidad que se va por horas, dejando a oscuras a personas que dependen de equipos médicos. El agua que no llega, obligándolos a cargar tobos a sus espaldas encorvadas. El gas doméstico, ese combustible para cocinar, que se convierte en un lujo. Cada corte de luz, cada día sin agua, es un acto de violencia estructural contra quienes ya no tienen fuerzas para resistir.
También son vejados por la diáspora venezolana, ese éxodo forzado de millones de hijos que huyeron en busca de pan y libertad, dejó en los abuelos una responsabilidad que jamás debió ser suya, la crianza de los nietos.
Mientras sus hijos se desgarran en tierras extrañas, ellos se convierten en madres y padres por segunda vez. Nadie les pidió permiso, nadie les ofreció un bono ni un subsidio. El Estado los ignora, la sociedad los olvida y ellos, en silencio heroico, asumen el rol de última trinchera familiar. Así, la diáspora no solo arrancó a una generación de jóvenes; también condenó a los ancianos a una paternidad tardía, sin recursos, sin salud y sin un solo aplauso. Esa es otra forma de maltrato, la que naturaliza que un abuelo enfermo críe un niño porque no hay otra opción.
Hoy, Día del Adulto Mayor, no podemos regalarles una flor y seguir de largo. Debemos mirarlos a los ojos, escuchar sus historias y exigir justicia. Que no se nos olvide, el trato que damos a nuestros ancianos es el espejo de nuestra humanidad como país. Y hoy, Venezuela está en deuda con ellos.
Redacción C.C.
29-05-2026



