Tras hora y media de camino desde Mérida, se divisaba la capilla de piedra que Juan Félix Sánchez construyó entre 1980 y 1984 por devoción a la Virgen de Coromoto en su natal San Rafael de Mucuchíes.
Este icónico rincón del páramo merideño es aprovechado por vendedores ambulantes de perros de la raza mucuchíes y por niños ansiosos por relatar la historia del hijo más ilustre del pueblo.
A un costado de la capilla se encontraban enjaulados un par de cachorros, que resignados batían sus colas para que algún niño turista le insistiese tanto a sus padres hasta conseguir llevar a casa una “nueva”mascota.
Contemplar la capilla y tratar de interpretar cómo cada piedra se enlaza a la perfección con otras es un reto, lo valioso de la experiencia es valorar que una piedra amorfa, o mejor dicho mil de ellas resultaron de gran utilidad para proyectar al mundo la belleza terrenal a partir de la simplicidad.
Juan Félix Sánchez comprendió que cada elemento de la naturaleza, por muy sencillo que pareciese podía aportar algo a la vida y que esta analogía era la que necesitaban los hombres para juntos trabajar por un sueño común y garantizar no solo su bienestar inmediato, sino también el de las generaciones futuras.
La jornada prosiguió hasta la Laguna de Mucubají en el Parque Nacional Sierra Nevada, donde las condiciones climáticas permitieron una experiencia como pocas. El susurro de los riachuelos se confundía con el revoloteo de los colibríes entre las radiantes flores de los frailejones y los graznidos de patos que plácidamente se posaban sobre la laguna de La Victoria.
La naturaleza tiene un lenguaje extraño de descifrar, no son solo los sonidos y los colores, también son los simbolismos que se ocultan tras cada roca, tras cada nube, tras cada planta, colina y montaña que dibujan el equilibrio; aunque perturbado en ocasiones por las pisadas y voces de caminantes ávidos por respirar aire puro y obtener la mejor toma para presumir en las redes sociales.
El ego puede justificarse si estas imágenes logran concienciar a la sociedad para preservar la naturaleza, lo que empieza con un conocimiento profundo y respetuoso de esta.
Es cuesta arriba llegar a ese nivel de conciencia, pero si se focaliza constantemente en eso, se acelera el proceso de regeneración que requieren algunos sectores de los Andes venezolanos ante el exceso de actividades productivas que expandieron la frontera agrícola.
El sendero entre las lagunas de La Victoria y Mucubaji sin duda alguna puede despertar el deseo intenso por vivir experiencias incomparables, que no solo favorece la salud física de los visitantes, también alivianan el espíritu y lo potencia de tal forma, que cualquiera asume que si caminó sin desfallecer, podrá alcanzar cualquier meta o sueño que se proponga.
Lo valioso de la naturaleza se solapa en rocas sin forma y variadas tonalidades, para llegar a esa afirmación es importante deslastrarse de ostentosas imágenes que nos han “sembrado” en el subconsciente con la supuesta premisa: “que lo que vale ha de brillar y ser muy costoso”. Nada más lejano de la realidad, los habitantes del páramo han sabido que el sentido de la vida reposa en todo aquello que aunque sea cotidiano en sus vidas, no deja de tener utilidad.
La identidad y ciudadanía global se cimenta en las pequeñas, pero continuas acciones a favor del entorno y en el respeto por cada elemento de la naturaleza, vivo o no, que por simple que sea resulta parte esencial en un equilibrio que al hombre le ha costado descifrar y que se disipa cuando se “sumerge” en parajes que relatan historias con sus sonidos y colores genuinos.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
17 de septiembre 2025
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