(Mateo 13, 1-23)

Reflexionar, entender, predicar y vivir este versículo de la parábola del sembrador —relatada por Jesús y escrita por Mateo— pide colocarnos frente a este paso de la segunda lectura (Rm 8, 18-23): “la creación entera sufre hasta el presente y sufre dolores de parto”.

A ambos versículos bíblicos los considero no solo necesarios para la limpieza y salud espiritual, humana, social, política y económica actual, sino también como nutrición saludable para hacer más flexible el tejido de nuestras fibras, de nuestras entrañas, al clamor de consuelo y esperanza del pueblo venezolano; principalmente el que habita las regiones más afectadas por el doblete sísmico del pasado 24 de junio.

El terreno descrito en la parábola tiene distintas áreas: camino, terreno pedregoso, espinos y tierra buena. Ahora bien, comparar este terreno con nuestros corazones no nos impele a hacernos discípulos de la naturaleza —a la que mostramos nuestro mayor respeto al tono del salmista: “Señor, tú cuidas de la tierra, la riegas y la colmas de riqueza” (Salmo 64), proclamado en la Misa de este domingo—, sino del primer Maestro, Cristo, con el cual no solo estudiamos, sino que, gracias a su consoladora y esperanzadora enseñanza, no vemos perdidos nuestros bondadosos y justos afanes.

La parábola está dirigida sustancialmente a hombres y mujeres provistos de inteligencia, sentimiento y voluntad, quienes han de extraer de ella no efectos mecánicos, volcánicos o geológicos, sino los de quienes, experimentando en la vida ciertas ocasiones de esterilidad —camino duro, pedregoso, espinoso— y por esto mismo demoliendo la pretensión de parecer solo una idea, la del yo, para alcanzar el terreno bueno, el del ciento por uno, han invertido solidaria y desprendidamente su ingenio, su gusto, sus necesidades, su talento y su celo. Por supuesto, ignoramos lo que nos permite la naturaleza que seamos, pero este no es el término a donde podemos llegar, ya que la distancia entre nosotros y quien sufre no es extraña, sino de semejantes; de aquellos en los que se tiene que realizar plenamente, como rotula Pablo en la segunda lectura, “nuestra condición de hijos de Dios”.

Hay que entender bien la parábola para evitar manejar a la gente con el miedo. Jesús asegura que a quien no entiende la Palabra, el diablo le arrebata lo sembrado. Pero en reiteradas ocasiones, y primordialmente en la que está padeciendo Venezuela, es prioritario poner las amenazas en el suelo para luego aliviar a la gente con el rocío sereno de la Palabra que sale de la boca del Altísimo.

12-07-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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