Padre Jaime Duque el sacerdote amigo

En el recuerdo entrañable de un pastor, maestro y compañero de camino Cuando nos detenemos a contemplar la vida de los hombres que dejan una huella imborrable en el alma de un pueblo, descubrimos que la verdadera grandeza no suele medirse por la elocuencia de los discursos ni por el afán de notoriedad, sino por la humilde y constante entrega cotidiana. Como bien ha señalado el señor Cardenal Baltazar Porras en su sentido homenaje de despedida, la vida del Padre Jaime de Jesús Duque Duque fue el fiel reflejo de un sacerdote misionero que convirtió a las tierras andinas de Mérida en su querencia y en el escenario fundamental de sus afanes pastorales.

El Cardenal Porras ha recordado con emoción aquellos primeros pasos del Padre Jaime en la arquidiócesis merideña, desde su ordenación episcopal misma, donde el Pbro. Jaime Duque fue la primicia de su ministerio el 7 de octubre de 1984. Desde aquel inicio, pasando por las calurosas tierras del Sur del Lago en Arapuey y Palmira, hasta las zonas de montaña como Santa María de Caparo, Santo Domingo, Ejido y El Valle, el Padre Jaime fue tejiendo una red de fraternidad y entrega incansable. Sin embargo, para quienes tuvimos la bendición de crecer a su lado y de compartir la vida pastoral junto a él, su memoria trasciende las fechas históricas para convertirse en el relato de una vocación íntima que se alimentó de su testimonio, por eso el título de este homenaje. El Padre Jaime, el sacerdote amigo, el maestro de la fe. 

Hablar del Padre Jaime es evocar la figura de un hombre cercano, sin distinciones ni artificios. La casa cural en La Don Luis de la parroquia Espíritu Santo, no era simplemente la residencia parroquial; era un espacio de puertas abiertas, un refugio de acogida fraterna donde siempre se respiraba paz. Allí pasó su tiempo integrando a la comunidad, reuniendo a las familias, escuchando con paciencia los desvelos de la gente y animando cada iniciativa con unas ganas inagotables de trabajar por las cosas de Dios y del prójimo. Para mí, su presencia está ligada desde la niñez al despertar de mi propia historia de fe. 

Lo recuerdo en la parroquia del Espíritu Santo, esa comunidad que siempre se ha caracterizado por la vitalidad de sus catequistas y una solidez de formación que aún hoy me honra haber recibido. Sus homilías, a pesar de extenderse en ocasiones, poseían la virtud pedagógica y profunda de hacerme comprender con claridad el mensaje de la Palabra de Dios. A él le llenaba de una alegría transparente el que le cantáramos la misa. Cada canto, cada esfuerzo por animar la liturgia encontraba en él una sonrisa franca y aprobadora que sembraba en el corazón una ilusión que, con los años, dejaría de ser un mero anhelo infantil para convertirse en un llamado, una misión y una vocación nacida junto a él en torno al altar, gran parte de su ejemplo me llevó al Seminario San Buenaventura de Mérida. 

Guardo con especial gratitud sus consejos en el sacramento de la reconciliación. Tenía yo apenas doce años cuando, en el recogimiento de la confesión, el Padre Jaime me insistía con cariño paternal que no abandonara el canto en el grupo «Luz y Alabanza» de mi querida capilla en Mesa Seca, ni dejara a un lado el grupo de la catequesis. Sus palabras de aliento fueron el cimiento seguro que más tarde nutrió mis años de formación pastoral, mis vivencias como catequista en Montalbán – Ejido y en mis tiempos de misiones en el Seminario de Mérida. 

Años después, la providencia me permitió reencontrarme con él ya no como aquel niño que con su guitarra y otros amigos cantaba las eucaristías en la capilla de mi pueblo, sino como un seminarista de tercer año de Teología que se aproximaba al umbral del sacerdocio. Tuve la dicha de compartir con él la labor pastoral en la parroquia de La Playa de Bailadores. Alrededor de la mesa, a la hora del desayuno o del almuerzo, la sobremesa con el Padre Jaime era siempre un encuentro lleno de risas, de palabras sabias y del gozo compartido de sabernos trabajando juntos en el mismo campo del Señor. Ver la alegría con la que me acogía en esa nueva etapa de mi vida fue un regalo inolvidable.

Su entrega se manifestaba en los detalles más cotidianos y sencillos; en el silencio de su despacho, concentrado, pluma en mano, anotando a los niños que acababan de recibir la Primera Comunión en los libros sacramentales, o con paciencia arreglando él mismo los micrófonos de la iglesia para que la voz del Evangelio se escuchara sin obstáculos. No existía para él tarea demasiado humilde si servía para el decoro del templo y el bien de su gente. 

Como nos ha recordado el Cardenal Porras, los últimos años de su existencia transcurrieron en el silencio, la oración y el cuidado paciente tras los quebrantos de salud que lo apartaron progresivamente de la vida parroquial activa. Sin embargo, ni la enfermedad ni el tiempo podrán borrar la huella de sus 41 años de sacerdocio entregado a la Arquidiócesis de Mérida.

Hoy, al unir mi recuerdo al del señor Cardenal y al de toda la feligresía que lo conoció y lo amó, doy gracias a Dios por la vida de este sencillo sacerdote antioqueño que hizo de Mérida su hogar y de nuestras vidas su parroquia. El Padre Jaime Duque vive en los libros de gobierno que escribió, en la formación catequética que impulsó y, de manera muy especial, en la vocación que me ayudó a sembrar y cuidar con su ejemplo. 

Que la Virgen del Carmen, en cuya víspera fue recibido en el Reino de los Cielos, lo acoja con el amor de una Madre y le conceda el descanso eterno a este buen y fiel servidor.

Pbro. Danny Xavier Peña Dávila

León – España