A casi dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar se yergue la centenaria casona de la familia Sánchez. Los años no la han debilitado; por el contrario, sigue siendo referente en el sector El Carrizal (Municipio Libertador, Mérida) como una vivienda levantada con la sapiencia del campesino andino.
Aunque las tierras aledañas al río Nuestra Señora son predominantemente semiáridas, sus habitantes las han aprovechado con rudimentarios sistemas de riego. Pequeños rebaños vacunos proveen leche, y sus derivados abastecen aldeas vecinas y los mercados emeritenses.
Panchito descansaba plácidamente en una banqueta elaborada por él en sus años mozos; por eso es digno de admiración que, con ocho décadas a cuestas, la madera y el cuero del asiento no hayan hecho mella.
Los viajeros se apresuraron a extender sus manos para recibir un aromático café criollo, servido en unas tazas de peltre que parecían haber sido usadas también por Pancho cuando daba los primeros pasos en los potreros de su padre.
Comprobar la solidez y frescura de la construcción mientras acomodaban el equipaje en una habitación que, en otrora, fue el cuarto de aperos era digno de una tesis de arquitectura; no solo por los materiales y técnicas usadas, sino por la habilidad para preparar el terreno inclinado, para elaborar las paredes de tapia y las tejas de arcilla, a pesar de lo limitado del material en la zona.
Cleotilde, esposa de Panchito, se acercó para invitarlos a preparar juntos la cena. ¿Qué harían? ¿Cómo lo harían? Esas preguntas dejaron de tener importancia con la sola excitación de estar en una auténtica cocina andina, usando enseres que proveen un aroma y sazón que solo puede emerger de un fogón alimentado con leña de eucalipto.
Mientras Cleo recitaba las recetas de su bisabuela, vertía en la olla la gallina a la que Pancho recién le había “estirado” el pescuezo, dejando huérfanos a ocho pollitos que no hacían más que entrar y salir presurosos de la cocina, quizás con el temor de hacer compañía a su desventurada madre.
Alirio, único hijo de Pancho y Cleotilde, se acercó para entregar harina de trigo molida por él mismo en un vetusto molino impulsado por las aguas del río Nuestra Señora. Con esa harina prepararon unas arepas exquisitamente acompañadas con queso ahumado, huevos criollos (de otra gallina), cuajada y una taza de fororo (espesa bebida a base de leche y maíz tostado molido).
Luego de la cena, con un firmamento rebosante de constelaciones y cuentos de terror, Pancho sacó su violín y entonó una canción de amor compuesta para Cleo por sus quince años.
Entre risas relató cómo su “futura” suegra le había lanzado un balde de agua fría desde el balcón de la casa ubicada al costado derecho de la iglesia de Los Nevados. Como apenas salpicó a Pancho, la doña soltó tres bravos perros.
Algo apenada con los huéspedes, Cleo dijo que lo que la enamoró de su Pancho no fue la voz ni la habilidad con el violín; fue el ímpetu y la disciplina que ponía a sus labores como labriego y su fe con la iglesia católica, soportando como monaguillo los gritos y pellizcos del viejo padre Teodosio.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
28 de abril del 2026
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