La tierra tembló muy fuerte por un doblete de terremotos el 24 de junio de 2026, dejando cifras de más de 2 mil fallecidos, y con ella, no solo han caído muros y techos en nuestra querida Venezuela, sino que también se ha estremecido la frágil estabilidad de nuestros corazones. Las imágenes que llegan desde las zonas afectadas, los conteos de réplicas, los llamados de auxilio y el eco de la desesperación se cuelan como cuchillos por las rendijas de nuestros teléfonos y pantallas. Vivimos un pánico social legítimo, un estado de alerta permanente que, aunque nace de la solidaridad, amenaza con convertirnos en rehenes del dolor ajeno.
En medio de este vendaval de angustia, desde esta tribuna nos permitimos hacer una recomendación que puede sonar, a primera vista, contradictoria, permítase distraerse. Pero no nos referimos a la indiferencia ni al frío olvido de quienes sufren. Hablamos de una pausa necesaria, de un acto de amor propio que es, en el fondo, el combustible para mantener encendida la llama de la ayuda.
Salir a caminar no es huir de la realidad; es poner los pies sobre la tierra firme que aún nos sostiene. Observar la naturaleza, el verdor de un árbol que desafía el viento, el vuelo pausado de un ave o la inmensidad de un cielo que sigue pintando atardeceres, es recordarnos que hay un orden superior que persiste más allá del caos.
Contemplar las grandes obras de Dios, nos devuelve la perspectiva. Es en ese silencio reverente donde el alma, golpeada por la tragedia, encuentra un bálsamo que ningún noticiero puede ofrecer.
Cuidar la mente, en estos tiempos hiperconectados, se ha convertido en una cuestión de supervivencia espiritual. Depende de nosotros, y solo de nosotros, cómo estamos filtrando la avalancha de información que nos llega a través de las redes sociales. El algoritmo no entiende de duelo; nos arroja el mismo video derrumbándose cien veces, multiplica el dolor por mil y nos instala en un bucle de ansiedad que no salva a nadie, pero que termina por enfermarnos a todos.
No se sienta culpable por cerrar la aplicación. No se condene por alejarse del ruido digital durante una hora. Al hacerlo, no está traicionando a nuestros hermanos venezolanos; al contrario, está fortaleciendo su espíritu para ser útil.
Un socorrista agotado no puede levantar una viga; una mente colapsada no puede idear una solución. Para abrazar al que sufre, necesitamos brazos fuertes; para rezar por el que llora, necesitamos un corazón en paz.
Hoy le invitamos a que, por unos minutos, desconecte el drama y se conecte con la maravilla. Respire hondo, mire el horizonte, sienta la brisa.
Para construir el país que tenemos en el alma, primero debemos recuperar la calma en nuestro interior. Venezuela necesita hombres y mujeres que, habiendo mirado al cielo y caminado sobre la tierra, regresen al frente con la certeza de que, después de la tormenta, siempre renace la luz.
Redacción C.C.
03-07-2026



