(Mateo 5, 13-16)
El versículo-título de la siguiente reflexión forma parte de las comparaciones de Jesús con las cuales nos invita a ser sal de la tierra y luz del mundo.
Ahora, ¿es imperioso recoger argumentos filológicos, arqueológicos, para darnos cuenta que cada persona es como una luz, que brilla en el lugar que le corresponde de, como lo denominó el Papa Francisco, la “casa común” (el mundo)?
Esta pregunta esclarece aún más la elección del título de esta reflexión: “Para que alumbre a todos los de la casa”.
Tal pregunta no tiene el sentido de una vaga conjetura; tampoco la entregamos exclusivamente a un impreciso “testimonio histórico”; sino más bien un testimonio vigente tanto en lo personal como en lo comunitario. Nos incumbe más.
La fe en el poder de Jesús y en la caridad de su enseñanza la mostramos repasando pausadamente la 1ª lectura —Isaías 58, 7-10— en la que encontramos expresiones así:
- “Comparte tu pan con el hambriento…
Entonces surgirá tu luz como la aurora” O,
- b) “Cuando renuncies a oprimir a los demás… brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía”.
Sin duda, estas frases no nos transforman en lunáticos, en paralíticos humana y moralmente; la caridad de Cristo tampoco nos ha atrofiado espiritualmente, ni nos atrofia, ni nos atrofiará; no se nos impone al vaivén de truenos y relámpagos; Cristo de ningún modo persigue lesionar nuestra libertad; al contrario, nos manifiesta:
“Que de igual modo brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre que está en los cielos”.
Estas palabras me rememoran al “evangelista teólogo”, cuando acertadamente señala: “Si alguno afirma: Yo amo a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso” (1 Juan 4, 20).
¿Aún nos facilitan estas frases, eficaz ayuda a nuestra humanidad? ¿Tal vez se nos han quedado, o se nos están quedando, en una compilación artificial de teorías?
Desde luego, Jesús como buen pedagogo expone esas comparaciones —centradas en la sal y la luz— para despertar el brillo de las buenas obras, no sólo a los santos, sino a todos los cristianos que quieren tener parte en su Reino.
Las preguntas hechas en este escrito nos certifican que el análisis reflexivo del llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo, no erigen un pasatiempo colmado de impaciencia.
Al contrario, nos convocan a cultivar y conquistar una humilde mansedumbre, por la que las obras externas condimentadas en la bondad son manifestación del afecto interno del corazón.
“Quienes, compadecidos prestan y llevan su negocio honradamente, jamás se desviarán” (Salmo 111).
08-02-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



