Por: Ramón Sosa Pérez..
En los pueblos interioranos nuestros suele señalarse que cuando alguien muere se le indultan sus culpas y se vuelve bueno, en un soplo. Me someto al rigor del apotegma, aun cuando certifico que no es esta la primera vez que me refiero a Pepe Mujica y si hoy yerro, invoco la fuerza de la verdad que nos obliga al razonamiento crítico porque nadie es absolutamente malo ni tampoco totalmente bueno, en este mundo de imperfecciones.
Cuando dejó la Presidencia del Uruguay -escribí entonces- decidió viajar a Múgica, la tierra de sus ancestros para luego de otros compromisos, entrevistarse con su amigo Jorge Mario Bergolio, Papa Francisco. Iría a Vizcaya en el País Vasco, a buscar entre ripios de historia la de sus orígenes para entender la suya propia. Alejado ya de los baldaquines que el protocolo suele colocar delante de las figuras públicas, Pepe cumplió su periplo personal.
Antes y después perseguimos su largo trajinar porque, sencillamente, nos parecía inaudito que alguien hablara con total naturalidad de un proceder público desde el ejemplo que en alguna ocasión creímos se trataba de marketing político; esa suerte de vedetismo que frecuentan los dirigentes de oficio para hacer creer al pueblo lo que no son y luego venderse con esa cubierta. Pepe era muy otro, a pesar de quienes adversamos su credo.
Hoy subrayamos; vivió conforme al pragmatismo que por ser real, incomodó a muchos; más a los suyos que a los de la acera de enfrente, quienes revisaban con lupa inquisidora la viga en el ojo para caerle a guijarrazos. Irreverente ante el periodismo ramplón que por encargo probaba hacerlo tambalear en la respuesta. Entonces afloraba el viejo zorro de la política que enrostraba a los otros su poder desde la austeridad en la que quiso vivir siempre.
No pretendemos juzgarlo, mucho menos exculparlo en tanto no nos es lícito asumir el rol que muchos se arrogan en esta sociedad de macas -léase desatinos- en muchos casos con la aviesa intención de pontificar antes que sean objeto de la vindicta pública. Pepe Mujica fue un referente moral antes que un político convencional fundado en el molde de las apariencias porque supo plantarse de frente con sus ideas claras, sin concesiones.
De sopetón fue la respuesta al periodista español que se pasmó de verlo “viviendo aquí, tan raro en una chacra, diferente a como viven los demás Presidentes”. Mordaz siempre, Pepe apenas tuvo tiempo de reaccionar: “raro es como viven ellos, yo vivo como vive la mayoría que me eligió a mí, sin enajenar mi forma de pensar”. Y el agregado fue más contundente: “es bueno vivir como se piensa porque de lo contrario, pensarás como vives”.
Ante la pregunta de cuál sería su nuevo destino, una vez dejada la Presidencia y ulterior renuncia al Senado uruguayo. ¿Haría lo mismo de Aznar, Blair o Clinton ofertando conferencias milmillonarias? Pepe ripostó “se me caería la cara de vergüenza si llego a cobrar por lo que otros me han dado y seríamos como las vedettes que cobran cada pepsicola que se toman”. El político debe tener, ante todo, honestidad intelectual, remachó.
De Pepe Mujica quedan lecciones de vida y quizá la más elocuente es la verticalidad en su vida pública. Desafió los protocolos en los foros internacionales y obvió el maniqueísmo de los genuflexos hasta reprender a aquellos que no siempre están dispuestos a escuchar sus pifias, sin que importara si eran de derechas o de izquierdas en tanto se había ubicado en un lugar de franquicia, más allá del bien y del mal, a resguardo del encono.
De vuelta a la vida pública, tras los días oscuros de la ergástula política, Pepe Mujica no recurrió al rejón de la venganza con sus hostiles adversarios del pasado reciente. Al contrario, empeñó su energía en construir puentes donde hubo muros que tupían el paso a la integralidad de su país. Con otras palabras, se lo reconoció el Papa Francisco en su primer encuentro –Pontífice y ex Presidente-: “Le agradezco no haber polarizado el Uruguay”.
Aun de Presidente, no dejó de frecuentar los boliches porque le calcaban la vida bohemia del Uruguay “en la época que se iba allí a imaginar la utopía de los días por llegar, a construir la patria idealizada y ahora su presencia nos permite recorrer los sueños de lo que falta por hacer”. Nunca dejó de levantar la bandera de la esperanza y de ser auténtico, a pesar de los suspicaces, de todos los bandos. Fue, sin duda, leal a los principios y valores que deben guiar a la sociedad, sin poses acomodaticias ni frases altisonantes.
Su viaje dejó trazas en la clandestinidad, exilio, cárcel, parlamento y la Presidencia uruguaya, con un testimonio vital a la hora del justiprecio integral de su premioso camino. Nomás salir del largo presidio de 13 años (1972-85) y junto a su inseparable Lucía Polansky emplazó la chacra para sembrar crisantemos que en realidad fue el embrión de la Escuela Agraria, amasada con la fe del carbonero y la paciencia de Job, aunque no era creyente.
Esa escuela era una necesidad a la que precedió la Cooperativa de floricultores que abrigaba a los labradores y les garantizaba zafarse de los monopolios que esquilmaban sus cosechas. Ese proyecto le dio experiencia singular en su desempeño como Ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca (2005-08). Mucho se dirá ahora sobre sus posturas e ideología y algunos harán festín de su muerte mientras otros echarán de menos su credo, fiel y único.
Lo dijo el expresidente brasileño Luis Inacio Lula Da Silva en una suerte de epitafio: “Pepe Mujica fue un ser humano excepcional en solidaridad, respeto y dignidad, pero destacó fundamentalmente por su coraje”, a lo que agregamos que legó coherencia, constancia y sencillez, características que ya escasean en la sociedad política del continente porque “supo siempre para dónde dirigir el barco de su vida”.
Que hayamos coincidido o no con su ideología, es otro capítulo. Eso no se discute. Lo que realmente importa es si se es o no coherente en lo que se dice con lo que se hace. He allí el razonamiento que pretendemos. Pepe Mujica fue consecuente, congruente y nunca dejó dudas de ambigüedad. Al pan, pan y al vino, vino.




