Todos los días, nos subimos a nuestros vehículos con un objetivo común: llegar a nuestro destino. Para muchos, el carro que conduce es una burbuja de privacidad y comodidad. Para otros, la moto es una elección de economía, agilidad o simplemente pasión. Sin embargo, en el asfalto que compartimos, esa diferencia se ha convertido en una peligrosa línea que divide, y a menudo, en una sentencia para los que van en dos ruedas.
Es hora de hacer una reflexión sincera como conductores. ¿Cuántas veces hemos cerrado el paso a una moto pensando «llegaré primero»? ¿Cuántas veces hemos cambiado de carril sin mirar el punto ciego con la suficiente atención? ¿Cuántas veces hemos visto a un motorizado zigzagueando entre los carros de manera?
Por favor, entendamos que quien conduce una moto no es un obstáculo, un imprudente o un anónimo con casco. Es una persona. Un padre que vuelve a casa, una estudiante que va a clase, un repartidor que se gana la vida. Su vehículo no tiene una carrocería que lo proteja, ni cinturones de seguridad. Su único escudo es la precaución y, sobre todo, el respeto de los demás.
Los motorizados son los usuarios más vulnerables de la carretera. Un leve descuido nuestro, un giro brusco, una puerta que se abre sin mirar, pueden tener consecuencias irreversibles para ellos. No se trata de quién tiene la razón, se trata de quién tiene la mayor responsabilidad. Y la tiene quien conduce la máquina más grande y pesada.
Hagamos de la empatía un hábito al volante:
- Mirada activa, espejos y punto ciego: Antes de cualquier maniobra, girar la cabeza salva vidas. Asumamos que siempre puede haber una moto ahí.
- Respetar la distancia de seguridad: No pegarse al carro que está delante también es proteger al motorizado que pueda haber entre los dos. Un frenazo brusco les puede proyectar al vacío.
- Señalizar siempre y con tiempo: Nuestros intermitentes son la forma de comunicar nuestras intenciones. Usémoslos para que todos puedan predecir nuestros movimientos.
- Comprobar al abrir la puerta: girar el torso y verificar que no viene nadie. Un gesto simple que evita terribles accidentes.
Conducir no es una competición. La carretera no es nuestro territorio privado. Es un espacio común donde la única meta válida es que todos lleguemos bien.
La próxima vez que veas una moto en el retrovisor, no veas un inconveniente. Ve a una persona. Piensa que su integridad física depende, en gran medida, de tu lucidez y tu cortesía.
Pequeños gestos de conciencia crean una red de seguridad colectiva. Compartir la carretera no es una opción, es una obligación. Y hacerlo con humanidad es, simplemente, lo correcto.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 2do año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
24-08-2025 (124)



