Por: Antonio José Monagas..
La falta total de razón y discurso o estolidez característica del discurrir populista y demagógico, es la causa que ha disparado la sarta de equivocaciones que terminan solapándose con improvisaciones.
No es extraño que todo gobierno despótico, utilice discursos rabiosos y sin contenidos. Tan resuelto estilo tiene su razón. O crear el temor necesario sobre el cual opera toda dictadura, o las suficientes aunque falsas emociones que determinan el soporte político mínimo a partir del cual el gobernante busca asegurar su estabilidad en el poder. Aunque pocos son los discursos de este género que alcanzan a ser memorables dada su garra o fuerza dialéctica. Sin embargo, algunos logran calar en virtud de las angustias que despiertan. Otros, sólo sirven para abarrotar espacios proselitistas. Pero ninguno carece de arranques de furia o arrojos de emociones derivando casi siempre en azarosas consecuencias. Muchas veces incitados por la fuerza necesaria para arrastrar roñosos problemas. O sencillamente, para azuzar potenciales crisis amodorradas en la subconsciencia política del hombre fustigado o atormentado por las coyunturas indebidamente dirigidas por quienes en ejercicio de la política, como gobernantes o dirigentes político-partidistas, se arrogan presunciones con el perverso propósito de desfigurar libertades o retorcer derechos humanos fundamentales cuyos resultados tienden a corromper y socavar la ya precaria democracia.
La falta total de razón y discurso o estolidez característica del discurrir populista y demagógico, es la causa que ha disparado la sarta de equivocaciones que terminan solapándose con improvisaciones. De manera que los escenarios a los cuales esta problemática se vincula, se convierten en la arena política preferida para elaborar y tomar decisiones apresuradas que justifican el desorden revolucionario que comienza a apostarse. Precisamente, es la situación que ha envuelto a Venezuela al extremo de convertirla en un grueso espacio azorado por incongruencias de todo tenor, tamaño e intención.
Los hechos del jueves 15-O, constituyen expresión fehaciente del desarreglo que hoy padece el país. Las declaraciones del presidente de la República, en cadena nacional, lejos de desafiar la desesperación con esperanza o de motorizar el optimismo a partir del reconocimiento del otro, sólo sirvió para intensificar la crisis de Estado toda vez que ésta cabalga sobre otras crisis que colateralmente contribuyen a convertir al país en el maremágnum o enredo que acogota las expectativas del venezolano con consciencia de sus derechos, libertades y garantías políticas, sociales y económicas.
Así que a pesar de que por orden presidencial el salario mínimo pueda elevarse a 9.648 bolívares a partir de noviembre próximo, el poder de compra retrocederá abismalmente lo cual constituye otra de las manidas contradicciones recurrentes en medio de una economía desbaratada dada la hiperinflación reinante, en medio de regímenes cuyos discursos se apartan enormemente de las realidades. Este menguado aumento salarial, ni siquiera alcanzará “para media empanada diaria”. Tan insignificante ha de resultar el aludido incremento, como insustancial o anodino ha sido el actual gobierno en términos de las exigencias no sólo internas, sino también externas. Sin embargo, no hay dudas de que tal pronunciamiento oficialista responde a una vulgar medida proselitista tomada de cara a las venideras elecciones parlamentarias. Ello, por supuesto, al margen del caos económico-financiero-administrativo que está profundizando la descalabrada funcionalidad del país. Gracias al desequilibrio generado por la ventaja alcanzada por la politiquería revolucionaria, carente de consideraciones que adviertan la aguda brecha entre capacidad de gobernar y objetivos democráticos y que como problema, se hace sentir en medio de las presentes realidades.
Vale destacar que la aprensión del régimen por verse opacado por el retorno del opositor y fundador del partido Un Nuevo Tiempo (UNT). Manuel Rosales, exgobernador del estado Zulia, fue el detonante que activó la injusta y cobarde decisión de su aprehensión. Indiscutiblemente, que tan alevoso hecho, contribuirá a abollar la escurridiza popularidad del régimen puesto que con ello vuelve a evidenciarse que el actual Sistema Judicial venezolano está al servicio de intereses políticos gubernamentales. Mientras tanto, la impunidad sigue resguardando a sicarios, corruptos, matones de oficio, abusadores, delincuentes, bravucones y mercenarios políticos. Toda esta situación, viene acentuándose como resultado de tener un gobierno que además de estar atemorizado ante lo que el futuro le depara, está ahogado en la impudicia.
“Cuando un gobierno está al borde de la desesperación, inventa cualquier excusa para seguir dibujándole al país un imaginario que sólo cabe en el pensamiento de cuanto iluso pueda haber. Sin que importe lo que pueda ordenar, a pesar del clima de desarreglo que exista, lo único seguro es que el caos será peor.Y en ambientes así es que
esos regímenes actúan mejor”
AJMonagas


