Por: Antonio José Monagas…
Las líneas políticas a seguir, impartidas a instancia del desastroso “Plan de la Patria”,
sirvieron para demoler el pluralismo, tanto como para confinar
espacios de libertad y democracia.
La definición de anormalidad, lleva a planteamientos cuya explicación cae en el terreno de lo subjetivo dada la diversidad de secuelas posibles. Aunque por lo general, refiere condiciones raras, disfuncionales o no deseadas. Sin embargo, su estudio se le ha dejado a la psicología de la anormalidad debido a las implicaciones y complicaciones que pueden contrastar sus realidades. Suelen utilizarse criterios relacionados con modos de comportamiento para deducir si la persona observada presenta una condición psicopatológica que evidencie alguna desviación que califique dentro del rango de parámetros que miden la anormalidad. Al menos así sucede al interior del ser psíquico humano individual. Pero en política, la anormalidad tiene otra connotación.
En política, se develan conductas arrastradas por los más aberrados sentimientos. Naturalmente, en el fragor de hechos acuciados por personas cuya práctica de política ocurre apegada a contravalores que afrentan la moralidad y la ética, se tiene poca posibilidad de actuar en consonancia con la normalidad que debe primar el ejercicio de la política. De ahí que la noción de política ha sido bastante mancillada y desvirtuada. Para muchos, el concepto de política es algo banal. Por ejemplo, para Benjamín Disraeli, ex primer ministro del Reino Unido en el siglo XIX, “el ejercicio de la política puede definirse con una sola palabra: disimulo”.
Son muchas las razones que buscan desprestigiar la política. Hay quienes afirman que “el quien menos sabe de política, más político se hace” lo cual deja ver el grado de descrédito que ha ganado. Gracias a la politiquería. O a quienes han entendido a la política como un negocio. Aún así, hay motivos para inferir que la política habría sido una actividad noble si no fuera por los politiqueros. Y es lo que ha avivado el doloso manejo de la política toda vez que quienes la han ejercido desde posturas maniqueas, sólo se han servido de ella para vanagloriarse de la posición alcanzada. O valerse del poder político para encumbrarse social y económicamente.
En Venezuela, con el cuento de la revolución bolivariana, acicalada con la deformada invención del llamado “socialismo del siglo XXI”, sus actuales y transitorios gobernantes han vapuleado la concepción que determinó el establecimiento de la institucionalidad democrática. A pesar de sus deficiencias, fallas, debilidades e incongruencias. Pero hoy día, la aguda crisis política que padece el país, terminó por descomponer el cuadro de defensas que, abnegadamente, llegaron a constituirse en factores de resistencia cuyo sentido de la dignidad permitió estructurar la firmeza necesaria que le imprimió el arrojo suficiente capaz de contrarrestar el embate de la locura gubernamental. Aunque ahora, convertida en medidas de pasmosa ilegalidad y atrevida insolencia.
La pretensión de otear las realidades bajo una visión unidimensional, hizo al proceso de elaboración y toma de decisiones llevado desde el alto gobierno el engorro ideológico a partir del cual se alinearon todos aquellos funcionarios representantes de los poderes públicos. Las líneas políticas a seguir, impartidas a instancia del desastroso “Plan de la Patria”, sirvieron para demoler el pluralismo, tanto como para confinar espacios de libertad y democracia. Asimismo, para oprimir la justicia, derechos humanos y todo el ordenamiento jurídico que exhorta la defensa y el desarrollo de la persona. Al mismo tiempo, las garantías a partir de las cuales estriba la educación como principio, objeto y sujeto de ley. Por tan infaustas razones, el resentimiento de quienes forman la cúpula gubernamental se planteó desmantelar la autonomía universitaria toda vez que su reconocimiento constitucional, como principio y jerarquía, se transformó en una estorbo que impide al régimen actuar con la saña y hostilidad que perfila al autoritarismo como criterio de gobierno y recurso de populismo demagógico. Más aún, dificultó hacer de la educación universitaria el espacio político necesario para alienar proyectos de formación de talentos y hombres libres.
Las medidas aprobadas desde el Poder Legislativo por la bancada del oficialismo soez y subordinado, propias de un idealismo retrógrado, contra el derecho de los universitarios a impugnar las flagrantes violaciones organizadas por el mismo régimen al respeto de su dignidad social y económica, configuran el dantesco hecho encarnado en la intención de reducir a meras minucias lo que la Constitución denomina “Estado democrático y social de Justicia y de Derecho”. Así que a decir del proceder de un régimen ofuscado, sus acciones no son lo normales que se supone. O como lo requiere la vida democrática de un país. Mejor aún, ello semeja lo que puede verse como la anatomía de un absurdo.
“Dar cuenta de los desafueros y engorros que anima la perversión de gobernantes con ínfulas de reyezuelos o comandantes sin charreteras, cuya gestión incita una
crisis de sumas proporciones, es como realizar una exploración del espectro
de un organismo humano. Aunque políticamente hablando,
es la anatomía de un absurdo”
AJMonaga


