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jueves, enero 15, 2026

Pido la palabra: ¡Cómo arruinar a Venezuela!

Por: Antonio José Monagas…

El país se volvió un enredo acuciado, contradictoriamente, por políticas públicas carentes de arraigo conceptual.

Contrario al hecho sobre el cual el mundo editorial ha visto engrosar sus finanzas cuando de estimular el éxito personal o el mejoramiento de organizaciones se trata, para lo cual argumenta razones vinculadas con la inteligencia, la administración, la motivación, la planificación y la gerencia, también la improvisación se ha valido de obtusos criterios para opacar el desarrollo de instituciones que, al margen de sus capacidades y potencialidades, terminan convirtiéndose en una especie de contenedores de problemas y perdedores de valiosas oportunidades de crecimiento y progreso.

La política de baja calaña, micro política o politiquería, propia de la demagogia populista, tiene la fuerza para decantar posibilidades de desarrollo económico y social de un colectivo importante. Ello es resultado de la indolencia en combinación con la ineptitud y la codicia equivocadamente concebida, conducta ésta característica de personajes que, disfrazados de dirigentes o gobernantes democráticos, están entregados al delito político y a la fechoría moral.

El caso Venezuela es referencia en el debate de ejemplos desnaturalizados. Mientras los países de la región, incluso aquellos declarados socios, aliados o asociados emergentes, por burdos intereses económicos, han visto crecer sus indicadores de desarrollo, transparencia y gestión, principalmente, Venezuela ha sufrido la declinación de casi todas sus manifestaciones de pujanza y disposiciones de influencia política y económica. De hecho, sus finanzas, como nunca, están en el último escaño. A decir del diario El Nacional, “la reservas del país están en el nivel más bajo en doce años” lo cual sin duda es bastante alarmante. Sólo en Abril disminuyeron casi dos mil millones de dólares para situarse en 18 mil 900 millones de US $, no todos de inmediata liquidez lo que engrosa el problema financiero.

Tal estado de precariedad, viene profundizándose al mismo tiempo que denota el raquitismo de gobernantes aferrados a gastos que, a sabiendas de su carácter improductivo, no tienen mayor vinculación con la necesidad de inversión que requiere la movilización de un país históricamente comprometido con procesos de institucionalización de la democracia constitucionalmente pautada. Particularmente, en las Cartas Magnas de 1961 y 1999, indistintamente de su inspiración doctrinaria. Sin embargo, las realidades han dejado ver gruesas distorsiones que a pesar de ciertos ingresos extraordinarios no recurrentes o no asociados al petróleo y no del todo declarados aunque sí comprobados, han derivado en una absurda concentración social y territorial de la riqueza y del poder en pocas manos.

En el contexto de tan grave situación, viene acentuándose una grosera brecha entre el discurso de altos dirigentes gubernamentales, y el proceso real de elaboración y toma de decisiones que orienta la acción del régimen. Así ha comenzado a fraguarse una gestión de gobierno absolutamente discordante de lo que prescribe el fanfarroneado Plan de la Patria. De esa forma, el país ha entrado en una fase de su economía totalmente revuelta en la que la confusión y el desaliento han mediatizado ingentes compromisos por articular un proceso histórico con el sentido de venezolanidad por el cual ha venido luchándose a lo largo del recorrido del siglo XX, fundamentalmente. Pero el populismo ha podido más que cualquier esfuerzo por ordenar el desarrollo nacional con base en valores de libertad, pluralismo político, solidaridad y justicia.

El país se volvió un enredo acuciado, contradictoriamente, por políticas públicas carentes de arraigo conceptual. En consecuencia, lejos de hacer de Venezuela un país referencia y modelo tan igual o mejor de lo que alguna vez alcanzó a ser, retrocedió tanto que ni siquiera podría llegar a reconocerse pues perdió la configuración democrática que pudo lograr entre duros zarandeos políticos y económicos. Pero ahora el país cayó en un espacio sin fondo que sirva éste para frenar la caída que viene dándose en lo que va de siglo XXI.

La obstinación, la sed de venganza, el resentimiento han sido las razones que lamentablemente, han incitado el ejercicio de poder que por ahora mantiene tiranizado al país. O sea, todos los problemas que desgarran un cuerpo social, los vive hoy Venezuela. Desde su economía al borde de la estanflación (situación en la que a pesar de la abrupta inflación, se produce un estancamiento de la economía y el ritmo de la inflación no cede), hasta el padecimiento de un mercado marcado por la carestía de productos que forman la cesta básica, pasando por una sociedad en encarnizada bifurcación, el país está en un plano negativo que muchos todavía no advierten por ceguera ideológica o provecho personal. En todo caso, no luce difícil dar cuenta del destrozo que el régimen sordo y ciego, aunque inversamente revolucionario, le ha causado al país. De manera que tampoco es complicado averiguar el procedimiento seguido por el régimen para haber descalabrado al país. Sus gobernantes bien supieron ¡cómo arruinar a Venezuela!

“Para lograr el desarrollo de un país, se tienen distintas fórmulas. Aunque para arruinarlo, también. La diferencia entre un camino y otro, estriba en lo inmediato que significa aniquilarlo pues sus ejecutores igual terminan haciéndose pasar por sus benefactores”

AJMonagas

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