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lunes, junio 15, 2026

Pido la palabra: «Con el sol a la espalda»

Por: Antonio José Monagas…

Las leyes venezolanas son letra muerta ante la impunidad que abriga la acción delictiva de dirigentes gubernamentales, delincuentes comunes, facciosos furibundos y provocadores de oficio.

Cuando la desesperación hace de las suyas, las virtudes se extravían en el camino de la desesperanza y del infortunio. Surge así un mundo mediocre, débil y sin fuerza, en el que la voluntad del hombre tiende a solaparse con la locura. En el fragor de tan borrosa situación, cunde la desconfianza. Sobre todo, el resentimiento a partir del cual se hace fácil la intromisión del despotismo donde prevalecen las virtudes humanas. Es decir, las realidades se tornan tan oscuras como sombríos se vuelven aquellos momentos dominados por la angustia de vivir bajo la inseguridad que causa el terror y la violencia en tiempos de dictadura. Ahí, la desesperación trastoca todo.

Así como tan iracunda situación llega a perturbar la vida de cualquier persona sin control sobre lo que su conciencia puede considerar, la desesperación igualmente arremete contra las instituciones que no tengan mayor y preciso sentido de lo que equivocadas o alevosas decisiones pueden acarrear. Particularmente, si son instituciones sometidas por la política de coyuntura o por ideología sin fundamento alguno. Es crudamente, el problema por el cual trasciende cualquier gobierno aterrado al percatarse de que el final de sus días encumbrado en el poder, está por llegar. Exactamente, es lo que padece el régimen venezolano al advertir tan inexorable realidad.

La desesperación insumió la poca capacidad que una vez pretendió arrogarse el pésimamente concebido proceso revolucionario cuando intentó accionar promesas que lejos de cumplir, contribuyó a desarticular mediante el desgobierno que animó con la obstinación propia de gobernantes sin formación. Pero tampoco, sin la disposición democrática que se requería para sacar adelante al país del marasmo que le indujo la llamada antipolítica que se deparó en la década de los noventa del siglo XX venezolano. Esto hizo que el país se desbordara a consecuencia del descalabro que el mismo régimen había consentido al confabularse con actores que juegan al terrorismo, a la corrupción, a la intimidación, a la tiranía, a la procacidad, y al narcotráfico. Por consiguiente, se burlan del ordenamiento jurídico, de los principios que soportan la constitucionalidad, de los derechos, libertades, valores y postulados que cimientan la democracia. Para decirlo llanamente, cabe la expresión: el país “se fue de madre”. O sea, que las determinaciones gubernamentales se excedieron más allá de lo regular causándole graves conmociones al país.

Venezuela se convirtió en un país social, económica y políticamente calamitoso. Incluso, moral y culturalmente. Las leyes son letra muerta ante la impunidad que abriga la acción delictiva de dirigentes gubernamentales, delincuentes comunes, facciosos furibundos y provocadores de oficio.  Al mismo tiempo que el régimen revela un rostro déspota, dictador, totalitario, a través de los pronunciamientos dictados por cualquier tribunal de la república, también muestra un semblante ramplón, insolente y violento a través de hordas de incultos y fanáticos capaces de apalear a cualquiera. O sea, el comportamiento propio del “gorilismo” característico de regímenes despiadados y sarcásticos. Particularmente, cuando advierten que han perdido su base de sustentación política y su popularidad. Algo equivalente a lo que médicamente se conoce como “metástasis”. O sea, el proceso de propagación de un foco canceroso. Pero que en estos casos de agudo debilitamiento, afecta la movilidad política, tanto como la estructura de poder al perderse la ascendencia que otorga la autoridad que tanto se ha empeñado el régimen por conservar y acrecentar al margen de toda consecuencia. Es ahí cuando invierte todo su esfuerzo en reprimir de la manera más cobarde. No sólo con represión física, sino también psicológica por lo cual busca llevar a la población a situaciones de desproporcionada exasperación y desmedida resignación.

No hay duda de que el régimen venezolano se ha planteado estrategias que van desde las exacerbadas inhabilitaciones a candidatos opositores, pasando por la criminalización de la oposición, la manida guerra económica para persuadir a la población de que el camino democrático no es conveniente. Más, cuando para esconder la desesperación que lo estremece cada día más, el régimen ha trazado otras vías represivas a sabiendas que, contrariamente a lo que ha buscado a fuerza de violencia y amedrentamientos, insiste en desgobernar aunque reconociendo que está “con el sol a la espalda”.

 “Mientras más desesperado se sienta un gobernante ante el justo reclamo de un pueblo con vocación democrática, más errores cometerá valiéndose de las armas de la ignominia”

AJMonagas

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