jueves, julio 18, 2024

Pido La Palabra «Crisis de confianza»

Por: Antonio José Monagas

Mientras que las desavenencias políticas sigan apostando a soluciones desde la perspectiva de cada quien, las razones conducentes al inminente arreglo serán en vano pues cada actor político defenderá a plenitud su postura.

 En política, luce difícil pensar en la confianza como una cualidad. Más, pareciera ser la excepción de aquella regla ante la cual dos factores de la política, actúan según las disposiciones que mejor consideran en un todo al margen de lo que el contrincante pueda sugerir. Esto deja ver la distancia que existe entre actores políticos con ideología propia. Es decir, la desconfianza se interpone como condición que regula todo acercamiento entre posiciones políticas. Y en verdad, así si infiere luego de escuchar decir que “la política es más peligrosa que la guerra, porque en la guerra se muere una vez” (W. Churchill). Mientras que en política, la insidia es capaz de aniquilar al contrario tantas veces como la saña lo permita. Entonces no es fácil pensar en afinidad entre la política y la moral. Sobre todo, cuando las realidades se debaten por razones que incitan a defender lo propio por encima de intereses  ajenos. Y ante la necesidad de defenderse, el ataque se convierte en la forma más inmediata de tomar las mejores ventajas de la situación. Por eso en política, todo o casi todo se vale a la hora de perpetuar o persistir ante las ideas que más convengan ante la coyuntura.

La denominada Conferencia Nacional por la Paz, ha sido una significativa muestra de lo que acontece en el marco de una profunda crisis de confianza. Desconfianza ésta que se traduce en  la negación ante la posibilidad de permitir que otro sea quien trace el camino hacia el futuro. En el fragor de tan convulsionada realidad, opera la inseguridad desde la cual la incertidumbre se exhibe desmesurada y es cuando violenta toda situación que pueda aproximarse por defecto o por exceso a determinar condiciones por las que habrían de regirse procesos sociales, políticos o económicos. Tal es el caso de Venezuela.

 Los problemas de desabastecimiento, inflación, agitación social, desempleo, inseguridad física, virulencia política, aparte de las dificultades que ha confrontado una economía al borde del riesgo fiscal o de la quiebra en sus niveles de reserva y productividad, o de la marginalidad social, la ocupación irracional del espacio y de la degradación del ambiente, configuran un cuadro de angustia generalizada a partir del cual se acució el descontento popular cuya vía de expresión invocó las crudas reacciones sociales y políticas vividas des-de los inicios de otro febrero aciago. Tan aciago como el Febrero de 1992, o el que correspondió a 1989.

 Esta situación, a su vez, arrastra una indiscutible incapacidad de la sociedad de establecer la mejor estrategia capaz de resolver los problemas que más acosan la calidad de vida del ciudadano. Y esto sólo puede alcanzarse a través de la conjugación entre los agentes representativos del gobierno, de la educación y de las organizaciones asociadas al devenir social y económico. Para esto, es fundamental, activar mecanismos que funcionen como correlato y contraste del poder a fin de influir en la motivación del conjunto para ajustar las condiciones a las propuestas analizadas con base en las necesidades aducidas y demostradas. Pero para lograr tan importante objetivo, deben reconocerse los problemas que limitan la movilidad de la sociedad en términos de su desarrollo. Sin embargo, esto no es de fácil consecución pues pasa por acudir a la figura del árbitro. De un árbitro a quien pueda delegarse la última palabra mediante la cual sea posible asentir los procesos que han de requerirse a continuación de las decisiones a tomarse por parte de quienes tienen la responsabilidad de darle forma a la gran política. Mientras que las desavenencias políticas sigan apostando a soluciones desde la perspectiva de cada quien, a desdén de una institución que, en su propósito tenga a bien arbitrar equilibrada y justicieramente los problemas suscitados, las razones conducentes al inminente arreglo serán en vano pues cada actor político defenderá a plenitud su postura. En otras palabras, esta situación representa el vivo testimonio de lo que apesadumbra y desvergonzadamente constituye una abismal y terrible crisis de confianza.

“Mientras la política siga ejerciéndose con base en intenciones egoístas, los procesos de conducción social se verán cada vez más azotados pues los valores que deben primarlos estarán confinados por la perceptible mano de la intolerancia. Y por supuesto, de la desconfianza”. AJMonagas