Pido la palabra: Cuando la Gloria sonrió a Freddy M. Castillo

Por Antonio José Monagas…

(In memoriam a Mackuey, amigo y compañero por siempre)

La humildad fue la lección que mejor enseñó.

Recordar a Freddy M. Castillo Rujano, invita a referir las virtudes que exaltan la espiritualidad entre los valores humanos que honran la vida. Especialmente, a la humildad entendida como conocimiento y aceptación de las limitaciones y debilidades de las cuales tiene plena conciencia el ser humano. Así que, consciente de todo lo que condiciona cada acto de vida, el individuo se apega a una actitud que lo diferencia del común, razón para deducir que la persona detenta la humildad por naturaleza.

La descripción que despliega el diccionario de la RAE en torno a la humildad, la alude como la cualidad humana que, en la sencillez, reconoce y ejercita la honestidad. Quizás por eso, la humildad no se mide por lo pequeño que puede mostrar quien, para ocultar su generosidad ante las tentaciones, se encumbra en artificios para regodearse de lo que su visión -presumidamente- alcanza a distinguir. 

La humildad, valor de vida

La humildad como actitud personal, se aprecia en la capacidad que se posee para escuchar. En la resistencia para no dejarse vencer por las incitaciones. Y en la constancia para mantener el corazón espigado sin que los vendavales de la avidez ocasional logren abatir la construcción de estructuras que son capaces de mantenerse erguidas cuando se goza de la suficiente comprensión para sostenerlas ante los sacudones que originan las dificultades inmanentes de la vida.

Precisamente, la idea acá esbozada regala la oportunidad de hablar de Freddy M. Castillo Rujano, quien también respondía al familiar nombre de Mackuey. Su partida, dada lo súbita que fue, no dejó tiempo ni para inhalar una bocanada de aire matutino que diera tiempo suficiente para organizar las ideas y reconocer que Mackey ya no estaría entre nosotros. 

La humildad fue la lección que mejor enseñó toda vez que siempre se dejó ver como el amigo diáfano, el compañero amable y desprendido y el médico traumatólogo servicial, solidario, amable y atento a toda llamada que la angustia de sus pacientes, discípulos, paisanos y vecinos le manifestaran ante la necesidad de escuchar su opinión profesional.

Sin duda que Freddy, permanecerá consecuente en la estructura del pensamiento que, ladrillo a ladrillo, supo construir. Más aún, basta con saber que recordar no es un mecanismo desprendido de las emociones. Ni tampoco de los sentimientos. Es el modo más exacto de grabar lo vivido en el alma. Pues los recuerdos tienen la gracia que saben perdurar al fijarse como si ciertamente se disfrutaran en tiempo presente.

Despedir es abrazar

Despedir a Mackuey, es abrazar su recuerdo. Tan sentido y humano momento, se convierte en un abrazo que seguirá sintiéndose tal como si en verdad lo fuera. Basta con imaginar el abrazo que bien sabía regalar. Y es que un abrazo de corazón a corazón, exalta -en modo caricia- la emoción de quien lo recibe.

Es así como debe despedirse a quien se recuerda, incluso en vida. Sobre todo, si ha levantado vuelo para llegar al otro lado de las estrellas. Como bien lo recita el poema de Porfirio Barba Jacob: Canción de la vida profunda. Declama que “(…) hay también un día…un día…. Un día, en que levamos anclas para jamás volver…. Un día en que discurren vientos ineluctables, ¡un día en que ya nadie nos puede retener!” Y ese mismo día, aunque tal vez, fue «bajo otro cielo» como dice el poema,  Cuando la Gloria sonrió a Freddy M. Castillo.

 

Mackuey: “Vuela alto y raudo cual gaviota anhelante de vida. 

Tú bien sabes”

AJMonagas

02-08-2206