Por: Antonio José Monagas…
Los seres humanos nacen libres y iguales en dignidad y derechos. Sólo que el ejercicio de la política, condujo su comprensión a un terreno diferente. Feamente encogido.
Todos los hombres nacen iguales. Pero la desigualdad y la inequidad ha afectado sus vidas. Es el problema que degrada a la política. Aunque mucho se habla de “igualdad”. Entendida como valor moral. O como recurso de vida. Incluso, como razón para aventajar al otro. Casi siempre, con la excusa de sobrevivir o subsistir. O como pretexto para esquivar lo encierra el término de “competencia”. Es decir, rivalizar por alcanzar la meta de primero.
Total, es un problema cuya significación envuelve al egoísmo como elemento de su acción. Y que para la política representa los intereses que mueven los hilos de la ambición. O las redes de ideologías en cuya oscuridad se arraiga la coerción desmedida en todas sus posibilidades de perversión.
Estas líneas de inicio, buscan dar cuenta del problema que históricamente se ha acumulado con el nombre de “igualdad”. Denominación ésta que sobrepasa la capacidad de tolerancia que la moralidad le ha ofrendado. Tan profundo concepto, no se equipara con lo que otros encubren. Especialmente, algunos relacionados con la infamia. Ésta, preferida al momento de reivindicar provechos de la política. Más aún, por encima de necesidades socialmente reconocidas. He ahí lo grave de la situación que intenta descubrirse y que, contradictoriamente, se sitúa en el terreno donde reposa la “igualdad”.
El discurso político se halla atiborrado de alusiones que exaltan la “igualdad”. Este vocablo, encausa y circunscribe declaraciones políticas de todo género ideológico, teológico, sociológico, epistemológico, deontológico y educacional. La inercia de la historia, y la fuerza de las realidades, lo convirtieron en un “derecho humano”. Registrado el mismo, como parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1948.
Su consideración capitalizó su importancia. La puntualizó y la condensó en el primer artículo del connotado documento. Tanto, que el mismo señala que “todos los seres humanos nacen libres y iguales en dignidad y derechos”. Pero el ejercicio de la política, condujo su comprensión a un terreno diferente. A un espacio en el que se estableció un conflicto entre los intereses y los sentimientos humanos. Un ámbito en el que está ausente la fraternidad necesaria que exhorte el respeto, la tolerancia y la solidaridad.
Para la praxis política, la “igualdad” no es aquel derecho amparado por la ética social. La “igualdad” es un derecho. Groseramente manipulado, según las circunstancias que devienen en oportunidades. Y de las cuales se vale el poder político, para someterla en su praxis.
Por eso la “igualdad” se dificulta en su asociación con la dignidad. A pesar que siempre la exhortan desde la perspectiva de los derechos humanos. Pero las realidades, son inexorables. Dejan ver el ultraje del cual la “igualdad” es objeto. Quizás, es la más palpable demostración de veracidad que pone al descubierto crisis sociales y políticas.
Aunque esta vez, evidenció una crisis de salud protagonizada por la ausencia de “igualdad” en su concepto más exacto. Y que a consecuencia de la pandemia causada por el Covid-19, no es difícil advertir el menosprecio con el que es tratado. Particularmente, en el contexto sanitario toda vez que la incidencia del Covid-19 ha hecho creer (equivocadamente) que no existe otra condición orgánica que atente contra la salud del venezolano. Por tan discutible razón, el Estado venezolano, mediado por el régimen oprobioso que detenta el poder político, desconoce otro enfermedad que no sea la del Covid-19.
Aquello que reza el artículo constitucional 84 de que “el sistema público de salud dará prioridad (…) a la prevención de las enfermedades, garantizando su tratamiento oportuno y rehabilitación de calidad”, ha sido desconocido. Más aún, cuando el artículo 83 declara que “la salud es un derecho social fundamental, obligación del Estado, que lo garantizará como parte del derecho a la vida”. No cabe duda que el derecho a la salud dejó de entrañar libertades y derechos que habrían exigido “igualdad” en su reconocimiento y aplicación.
El régimen sólo ha prestado atención al Covid-19. Pero desbordada en imposiciones que rayan con una extremada represión. Para el régimen, no hay enfermedad que precise del cuidado necesario que pauta la Constitución nacional. Salvo el engendrado por la gripe del Covid-19 que arremete en quienes padecen alguna patología de base.
Pareciera que para el régimen no existen contingencias relacionadas con la esclerosis en cualquiera de sus incidencias. Con casos de quienes han vivido trasplantes de órganos. Quienes adolecen del VIH. De quienes requieren tratamientos oncológicos. O padecen enfermedades “huérfanas” o “autoinmunes”. Entre otras patologías de alto riesgo sanitario.
El concepto de “igualdad”, quedó para revestir pronunciamientos o textos políticos propios de un sistema político carente de ejercicios de libertades y derechos. No reconoce la “igualdad” como expresión de justicia. Es como si careciera de dimensión moral, política o jurídica a partir de las cuales se afianzar la legitimidad, contundencia y validez de un proyecto ideológico que exalta la “igualdad”. El accionar del régimen venezolano, no está apegado al respeto a la tolerancia ni a la solidaridad democrática. Valores éstos que, al lado de la fraternidad, libertad y la justicia, suelen formalizar todo discurso político.
Entonces, ¿para qué la razón y la conciencia en el hombre, si no son entendidas como facultades capaces de cerrar la brecha como factor diferenciador entre individuos? ¿Acaso no refiere la Declaración de los Derechos Humanos que todos los seres humanos nacen libres e iguales? ¿O es que las leyes no hablan que todos son iguales ante la ley? ¿Y que por tanto, el hombre goza de igual protección material y legal, sin discriminación alguna?
Sin dejar de advertir la particular complejidad que contiene el ordenamiento jurídico en sus diferentes ámbitos de aplicación, cabe aludir la importancia que detenta un sistema de protección de la salud que ofrezca iguales oportunidades a todos. Y así, disfrutar por igual del más alto nivel de salud. Pero donde no hay “igualdad”, la situación es aterradora. Este tipo de crisis, remarcó la distancia que va de los derechos a los hechos.
“Cuando la igualdad se aparta del camino por el que transitan los derechos del hombre, también desaparece la luz que alumbra las ondulaciones de la vida para así evitar tropiezos y caídas”


