Pido la Palabra: Del desmantelamiento al ensamblaje fatal

Por Antonio José Monagas…

En medio de las descubiertas intenciones por convertir al país en el “reino de los disparates”, se han destapado embrollos que ponen en evidencia rollizas debilidades.

 Sin desatender la razón que encarna el concepto de política, las realidades revelan su rigurosidad toda vez que sus condiciones incitan a que en su regazo se trance toda necesidad de comunicación inter o intra personal. A su amparo, dichas realidades se tornan indudablemente terminantes e inexorables. Bajo ellas, el individuo se obliga a considerar múltiples problemas que, por sus implicaciones, tienden a trascender su esencia. Sobre todo, aquella vinculada o asociada a lo que concibe y responde la política cuando del hombre, en todas sus manifestaciones, se trata.

 Según Hannah Arendt, “la política reposa sobre un hecho: la pluralidad humana”. Por eso no hay duda que su realidad descansa sobre la dinámica social sobre la cual se establece el acto conversatorio o diálogo entre personas. De esa manera, se hace posible encontrarse en medios públicos para asentir cualquier acuerdo o conciliación en procura de ganar el espacio que necesita el hecho de acendrar algún interés político en miras de negociación. Indistintamente de si es como necesidad individual, de grupo o colectiva.

Así sucede en consonancia con la motivación que suscribe cada situación en particular. Desde luego, en el contexto donde se ciernen los momentos propios de la vida social, cultural o política de quienes actúan a instancia de las ideas, proyectos o propuestas que están sometiéndose a consideración. O porque están discutiéndose o valorándose.

 La historia política contemporánea es testigo de las diálogos que han definido un juego político en particular.  Indiferentemente de las razones que estructuran los criterios de poder en curso. Aunque muchas veces, luzcan disfrazadas “de pueblo”. U otras veces, de democracia. E incluso, de moralidad y ética. Precisamente, ante tan apesadumbrada causa, se tienen referencias o ejemplos de gobiernos profundamente fracasados por atrevidos e insolentes. Gobierno que confeccionan alevosos esquemas de desarrollo dirigidos a establecer sistemas políticos capaces de sostener proyectos que en lo cierto responden a ideologías políticas ceñidas a intereses personales o políticamente ortodoxos.

 Así ocurre, sin distinción de las realidades donde puedan calzar, fijarse o entrometerse. Sin embargo, no siempre pretensiones de tan absurda naturaleza, terminan imponiéndose. O siendo garantías de éxito, pues tales modelos de desarrollo son diseñados a juicio de cínicas comodidades y carestías amañadas.

 Es justamente, lo que está aconteciendo en Venezuela a raíz de la arreglada inmiscución, el pasado 16 –S, de un solapado y encubierto minúsculo grupo del “chavismo opositor”, en la mal llamada “mesa de diálogo”. Mesa ésta, servida por los representantes más serviles e indignos del régimen despótico, opresivo y usurpador venezolano. Tanto así, que su trabajo político, mejor ha parecido un extremado ejercicio de avanzada fascista.

 En medio de las descubiertas intenciones por convertir al país en el “reino de los disparates”, se han destapado embrollos que ponen en evidencia rollizas debilidades. Tanto de un lado como del otro. Aunque algunas, lucen enfundadas en propuestas gubernamentales animadas por discursos pomposos. Pero vacíos de contenido y carentes de decencia. Y desde luego, todos desprovistos de consistencia alguna. Sólo que como arengas al fin, sus efectos se supeditan a las emociones que pueda despertar quien los pronuncie como gobernante. O simplemente, como vulgares aduladores en búsqueda de prebendas “revolucionarias”.

 Esos personajes de marras que están “jugándose a Rosalinda” dándoselas de comisionados de la oposición democrática, sólo buscan incitar expectativas que, por la imprecisión como lo hacen, terminan siendo agentes de confusión, de crisis y de insensata radicalización. Y el riesgo que se corre, es que al final del cuestionado proceso de retorcida motivación, podría envalentonar al desinformado, al iluso, al analfabeto, al ignorante, al furibundo oficialista,  para siga prestándose a usurpar el poder político dominante en abierto y descarnado detrimento de Venezuela.

 Todo esto podría sucederse, sin importar el costo que implique cada atrevimiento asumido en una “mesa de diálogo” impávida. De conducta absolutamente indolente. El desmedido problema que esta situación puede provocar, más allá de dar cuenta de la voracidad política que arrastra la confrontación entre el imperio ruso, el chino y el norteamericano por apoderarse de la economía suramericana, lo simboliza el dilema que vive el régimen tiránico venezolano. Su afán por enquistarse en el poder para convertirse en instrumento de un proyecto ideológico tan anormal como imposible, podría hacer que el país se desmorone por completo. Sobre todo, de transitar (como lo intenta el régimen) del desmantelamiento al ensamblaje fatal.

 «Cuando las libertades son oprimidas con la intención de encajonarlas, es porque el autoritarismo protagónico está fundamentando sus impúdicas ejecutorias en ridículas y escabrosas (verdades) de libreto”