Por Antonio José Monagas…
La condición de egoísta tiene acepciones diferentes si se enfoca desde la economía o la política.
El egoísmo es uno de los pecados capitales que ha contribuido a crear la intriga necesaria capaz de retraer actitudes y de guardarse para sí medios cuya utilización beneficia la convivencia. En una persona egoísta, la realidad en medio de la cual pretende subsistir es la de su propia existencia.
De esa forma, su vivir busca encerrarlo en una reclusión donde da por satisfechas necesidades básicas sin comprender que más allá, existe un mundo definido por la interrelación a partir de la cual la vida adquiere el mejor y mayor de los sentidos. O sea, un mundo determinado por la pluralidad, el encuentro entre seres humanos que se plantean la vida como comunión de intereses y necesidades a partir de las cuales se fundamenta la socialización.
El egoísta actúa según su propio interés. Lo demás, no tiene importancia. Se aferra a lo que más le conviene sin que otras razones, distintas de las suyas, lleguen a perturbar. Su vida, la estructura en función de una visión reducida que sólo permite advertir los riesgos más inmediatos a su fuero personal.
El egoísmo desde la economía y la política
La condición de egoísta tiene acepciones diferentes si se enfoca desde la economía o la política. La teoría económica aduce razones que, al justificar el interés o la necesidad ante algo o por algo, considera la postura del ego como actitud propia de quien busca resolver su problema de naturaleza económica. Mientras que la teoría política, se apega más al propósito de la interrelación como ámbito bajo el cual pueden abonarse objetivos que comprometa la unión como asidero social y cultural.
Pero cuando la política se ejerce aferrada a alguna ideología que sólo responde al provecho que su praxis rinde en el peculio de sus proponentes, el problema es otro. Porque los intereses o necesidades a partir de los cuales se movilizan decisiones, se desvirtúan en su curso por causa de las deformidades morales y carencias éticas que las acompañan.
Bajo la égida de una política inducida o estructurada, surge la conflictividad como recurso del desgobierno que dicha situación genera. Es cuando se fractura la acepción de realidad y entonces la comunidad intenta resolver sus problemas, según la órbita en que calcen las soluciones elaboradas y asomadas ante las conveniencias políticas. Precisamente, en el marco de tales realidades los problemas se exacerban al punto que se convierten en razones para dividir la sociedad en tantas partes como visiones puedan tenerse.
La ausencia de criterios de gobierno capaces de afianzar un comportamiento económico acorde con el trazado de un país cuyo esquema constitucional descansa en la concepción de democracia, al menos a instancia de principios sociales, jurídicos, legales y políticos, conduce a la radicalización del trato que el alto gobierno puede seguir siguió como modelo para conducir al país en cuestión. Esto deviene en polarización extrema que, incluso, afecta la conducta del ciudadano provocando serias anormalidades de su perfil ciudadano.
La violencia, la inseguridad y el odio terminan siendo cobijados por una grosera impunidad la cual se utiliza como subterfugio de la corrupción la cual, con facilidad, se impone con el tránsito de cuantas excusas emerjan a manera de subterfugios.
Al cierre
En medio de la aludida situación, el egoísmo hace de las suyas. Es así como se adopta cualquier pretexto que sirva como “mascarón de proa” para agredir todo aquello que se vea como enemigo de la respectiva realidad. Ahí surgen causas que permiten esgrimir cualquier narrativa. Inclusive, sin argumento alguno que no sea elaborado a instancia de intereses y necesidades propias.
Se hace difícil contener individualidades entendidas como condición del ego. Son conductas egoístas que solo se fijan en lo que plantea cada individualidad en términos de su propia existencia, sin que intereses o necesidades de otros luzcan importantes. Sólo la individual.
La solidaridad es invisible. Es el nuevo meollo que se recrea en el egoísmo. Aunque, en atención de los tiempos actuales y sus variables, podría denominarse como egoísmo de nuevo arraigo.
“Cuando un gobernante ejerce el poder incitado por el egoísmo, el resultado será un comportamiento egoísta en quienes lo respaldan, pues ven en el egoísmo una forma de obediencia y adulación”
AJMonagas
01-02-2026
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