Pido la palabra: El “atajo” de la desesperación

Por Antonio José Monagas…

La desesperación no se muestra igual en cualquier caso donde implosione. En la praxis política la desesperación no arremete de igual forma a la que ocurre en la vida personal.

No siempre la desesperación se mide con la regla de la pasión o de la incertidumbre. Hay momentos en que se calibra con otras medidas. Por ejemplo, la que determina el valor. Aunque entre ambas situaciones, no sólo pueden apreciarse diferencias. También, causas comunes que hacen entrever en la desesperación emociones que desbordan reacciones. Pero que a menudo, son reacciones impulsivas. Otras veces, son reflexivas. Así sucede, sólo que indistintamente de la situación a la cual el afectado se enfrenta. 

Lo que sí es absolutamente cierto y demostrable, es que la desesperación apuesta a encarar retos los cuales pueden intentar resolver un conflicto de mayúsculo tamaño. Es decir, un problema cuya envergadura puede arrasar u obstruir un proyecto personal o colectivo. Incluso, una esperanza cultivada alrededor de la necesidad legítima de resolver alguna complicación detectada. O de superar alguna insuficiencia advertida. O contrariedad exteriorizada. 

En el estruendo de la política

No hay duda de que la desesperación se manifiesta de distintas maneras. Pero en el ámbito del ejercicio de la política, es otra cosa. De hecho, el problema es diferente del que caracteriza la vida personal, por cuanto en la praxis política la desesperación no siempre arremete de igual forma. La historia política contemporánea describe tantos testimonios como realidades dan cuenta de la infinitud de casos que configuran sus distintas reacciones. 

En los confines de la política, la desesperación actúa con entera inmunidad. Particularmente, cuando la desesperanza cierra las posibilidades de recuperar el arsenal de respuestas que depara el poder de cuanto gobernante envalentonado se ve embestido y aprehendido por la desesperación.

Es por tan cruda causa que, en los discursos o declaratorias de gobernantes en las autocracias, autoritarismos y totalitarismos, cuando en sus paroxismos cunde la desesperación, sus arengas se plagan de alusiones al hundimiento de las formalidades que animan la funcionalidad política. Asimismo, de las posturas que adversan las tendencias dictatoriales o tiránicas de esos gobernantes. 

Justo, en torno a las insinuaciones proferidas, casi siempre cargadas con frases de irrespeto y crecidas intimidaciones que rayan en inventados delitos políticos, además vacíos de toda razón jurídica, y carentes del más mínimo argumento probatorio, la desesperación se convierte en mecanismo de incriminación o acusación. Exactamente, a quienes se han atrevido a exponer alguna opinión que ponga al descubierto algún acto de corrupción o delito de lesa humanidad que implique a gobernantes y personajes comprometidos con el gobierno. O con presuntas ilegalidades (cuestionadas). Los gobernantes embutidos en la desesperación, inculpan a sus adversarios (a quienes tilda de “enemigos”) del sufrimiento que padece la mayoría. 

A quienes por su condición de opositores han expresado opiniones en contrario, son señalados y responsabilizados de los desastres sufridos. Inclusive, esos gobernantes los declara culpables del sufrimiento de la mayoría. En su desesperación, provocada por las crisis que padecen y ante las cuales se ven perdidos, estos gobernantes buscan justificar el caos con excusas que van desde una guerra económica-cultural-política, hasta tramar cualquier artificio o evento insensato que, a juicio propio, acomode las realidades a exigencias y patrañas que puedan lucir “convincentes” ante la población.

La ruta del “atajo”

En el contexto de toda praxis política que sobrevenga en caos, la desesperación, como toda desesperanza, encuentra rutas de escape. Pero, generalmente, terminan sin la coartada necesaria para excusarse. O para hallar el refugio necesario o de salvamento. Aunque casi siempre, resulta imposible de ser verificadas dichas coartadas, dado los errores cometidos en el curso de las tantas mentiras argüidas. 

Así acontecen tales crisis, Y peor aún, dado que en el fragor que incita la desesperación se fomenta el odio y la cizaña, sentimientos estos que complican las situaciones en curso por la desesperación que domina a los gobernantes salpicados por los aludidos problemas. 

Es lo que popularmente, se denomina “atajo”. O sea, la senda por cuyo tránsito se acorta, abrevia o disminuye el tiempo de recorrido. Es así como en política llega a hablarse de “atajo”. Un tanto para significar la posibilidad de apresurar la confabulación o intriga que busca maquinarse para aligerar los planes urdidos.

En conclusión

En la praxis política, cuando se trata de ganar “una guerra”, se hace uso de todos los recursos posibles que garanticen los resultados premeditados y calculados. Y la desesperación, por la intensidad de las crisis que envuelven pretensiones de poder, se dispone a surcar los atajos que, en la “urgencia” de la situación, aproximen al gobernante a sitiales donde el poder intente perseverar las contingencias que surjan. 

Es ahí cuando los discursos políticos avivados por la desesperación, niegan la complejidad de las realidades. Por eso, presumen enfrentar retos que el camino detenta en virtud de los difíciles nudos que las verdades forjan. Por supuesto, ello con el fin de despejar los desbarajustes que va dejando la desesperación en su travesía. Más aún, cuando decide tomar la ruta del atajo previsto. Específicamente, el que califican como el “atajo” de la desesperación.  

“La desesperación siempre busca escapar de cualquier limitación que aprisiona 

su fuerza para mostrarse tal cual  es la irritación que contiene”

AJMonagas

20-10-2024