Por: Antonio José Monagas
Todo el comportamiento de la estructura pública, ha adquirido forma distinta. Nada se parece a lo que debería ser. Las formalidades se extraviaron de la ruta ciudadana.
Indiscutiblemente, el país viene por mal camino. Por una senda de equivocaciones ninguna fortuita. Todas provocadas. O peor aún, escarbadas entre los restos de problemas que sobraron de experiencias fascistas, despóticas o autoritarias, ensayadas en sistemas políticos de baja factura moral que afectaron sociedades de épocas recientes. La doctrina sobre la cual se inspiró el proyecto político de gobierno aplicado desde 1999, trastocó no sólo el sentido de la política, sino además la dirección del desarrollo económico y social de la nación. La política dejó de entenderse como la actividad referida a la organización de la sociedad en procura del “bien común”. Y el desarrollo económico y social, comenzó a comprenderse como la forma de acabar con la riqueza económica a fin de evitar el bienestar social de los venezolanos.
A pesar de la imagen alcanzada de país rico, gracias a los cuantiosos recursos energéticos que animaban una envidiable dinámica económica, que además le aportaba un rostro de felicidad al venezolano, las realidades lograron cambiarle el perfil a aquella Venezuela estoica pero siempre esperanzada en momentos mejores. Ahora todo se ha nublado. Hasta la luz del día, cambió de densidad. Se vive con la certeza de que algo anda mal. El régimen hizo que todo se adjetivara pues lo sustantivo feneció entre las improvisaciones y las perversiones convertidas en postulados del nuevo populismo aplicado a manera de ejercicio de gobierno.
La desvergüenza ha llegado a tales extremos que lo que debe funcionar, no funciona. Lo que debería prohibirse, no se prohibe. Lo que debería conseguirse, no se encuentra. Toda el comportamiento de la estructura pública, ha adquirido forma distinta. Nada se parece a lo que debería ser. Las formalidades se extraviaron de la ruta ciudadana. Los valores morales se convirtieron en inmorales desde que la indecencia, la impunidad y la ausencia de ética pública permitieron a la anomia, o a la incapacidad del gobierno para lograr las metas de la sociedad sujeta a la norma establecida, a que cualquier parapeto o mamarracho funcional ocupara los terrenos del ordenamiento jurídico. Aunque también incitó a que la corrupción anegara los espacios de la administración pública desde donde se han solapado derechos y garantías que en otrora validaron la institucionalidad de la democracia.
Cualquier recorrido por los ámbitos del aparato gubernamental, arroja la visual necesaria para inferir que las cosas marchan a la inversa por cuanto dejó de tenerse el respeto que debe velar la existencia de un Estado democrático y social de Derecho y de Justicia. Es como decir que ahora los “patos le tiran a las escopetas”. Así que frente a tan lastimosas realidades, queda solamente por reconocer que en el país se vive una situación de trastornada factura: el gobierno contra el país.
“Cuando el poder político se ejerce condicionado por intereses particulares, el gobierno se desfigura convirtiéndose en un acto de desahuciada moral y malgastada ética social” AJMonagas


