Por: Antonio José Monagas…
Resulta dramático advertir que las realidades no han dejado de parecerse. Todavía “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”.
Hablar de un cambalache, es dar cuenta de algún asunto umbroso o molesto que surge en medio de cualquier relación del hombre con la vida. No sólo refiere un trueque de objetos de poco valor, casi siempre con la intención de engañar. También, lleva a pensar los criterios con los que se que gobiernan hechos de indigna condición a fin de acusar la inconformidad como actitud frente a las injusticias que asedian por todas partes. Quizás, tan insidiosa razón sirvió de motivo al poeta Enrique Santos Discépolo, en 1934, para escribir el tango “Cambalache”. Inspirado, seguramente, en tiempos crudos por la violencia que imperaba a consecuencia de la crisis que política, económica y socialmente acosaba el subcontinente americano.
Sin embargo, los tiempos actuales remiten a lecturas que descalabran toda manifestación individual o colectiva. Así que de cara a la infame década que ha caracterizado el montaje del mal llamado socialismo del siglo XXI, cabe bien aludir a lo que con descaro revela la letra del tango “Cambalache”. No hay duda de que la historia se repite cuando sus lecciones no son aprendidas. Y aunque en este tango la historia y la poesía parecieran solaparse, las realidades siguieron enrareciéndose al extremo que paradójicamente se agudizaron.
Hoy como ayer, “el mundo fue y será una porquería” que igual tocó “el quinientos seis como el dos mil, también”. Las contradicciones que asoman las brechas entre las realidades y propuestas enmarcadas por proyectos políticos de gobierno, han sido siempre razón de decepción y frustración de mucha gente que, a conciencia, advierte los desajustes y desbarajustes que afectan la vida. Que “siempre ha habido choros, maquiavelos y estafados, contentos y amargados, valores y dublé”, es verdad. Pero más innegable es que el siglo veinte y, aún peor, el veintiuno, es “un despliegue de maldad (…) ya que vivimos revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados”
La canción continúa hurgando problemas enquistados en estructuras de gobiernos. De ahí que en sus ámbitos colapsados por la inmoralidad, es lo mismo “ser derecho que traidor, ignorante, sabio, choro, generoso o estafador”. En ellos, la obcecación ideológica ha causado tanto daño, que atrofió la facultad de otear el horizonte para evitar todo obstáculo que enajene los derechos fundamentales del gobernado. Pero las decisiones siguen disparándose sin consideración alguna. “Todo es igual, nada es mejor”. Tanto así, que “da lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazados ni escalafón, los inmorales nos han igualado”
En medio de tanto revuelco, los valores morales suenan como eslogan de ocasión. La igualdad y la tolerancia, el respeto y la dignidad se nivelan por debajo. Por eso explica el tango que es igual “si uno vive en la impostura y otro afana en su ambición”. Pues “da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón (…) ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!”
Resulta dramático advertir que las realidades no han dejado de parecerse. Todavía “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”. Este problema que por igual continua entrampando a la sociedad, hace que “en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclado la vida, y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón” (artefacto mundano). Termina este tango invitando a tirarse a un lado, pues “a nadie importa si naciste honrado”. Se ve que lo grave sigue siendo la indolencia y la displicencia de las que se vale todo impúdico gobierno para contemplar el mundo desde la indiferencia. Por eso la canción termina asumiendo la resignación como adolorida disposición. Acá su letra dice que “es lo mismo el que labora noche y día como un buey, que el que vive de las minas, que el que mata o el que cura o el que está fuera de la ley”. Es precisamente lo penoso de todo al reconocerse que el país sigue viviendo ¡entre cambalaches!
“Mientras las bajas pasiones funjan como criterios de vida de quienes integran una sociedad, nunca será posible que sus gobernantes busquen mejorar su conducta. Menos, la del colectivo. Así se incuban problemas para generar otros peores”
AJMonagas


